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Lo que se preveía empieza a pasar: el duhaldismo -en comunicación con otros caudillos justicialistas- parece dispuesto a marcarle límites al gobierno (ayer mismo, Carlos Reutemann le pidió a la Casa Rosada que «no juegue a dos puntas» en Santa Fe). Como una breve brisa entonces ha pasado el respaldo poético de Eduardo Duhalde a Néstor Kirchner («hay que acompañar el viento patagónico») y también la aparente sumisión del mandatario al aparato bonaerense («sí, estoy atado a la suerte de Buenos Aires»). Ahora, sin que nadie advirtiera nubarrones, otros ciclones empiezan a soplar en sentido opuesto. Y femeninos, como todos los que azotan el Caribe.
Quizá la respuesta irritada de la señora Chiche sea consecuencia de una reciente confesión presidencial, que admitió en Misiones -al atacar, furibundo, a un amigo de Duhalde como Ramón Puerta- que «estamos a un pasito de instalar nuestro proyecto político». ¿Ese proyecto incluye a los bonaerenses? Parece que ellos comienzan a entender que no están incluidos en el menú. Y nada produce más desencanto que a uno no lo inviten a la cena, sobre todo cuando uno pagó esa comida. Pero nadie debe equivocarse: la crisis ya desatada no se produce por declaraciones más o menos felices; el trasfondo es una pugna por el poder. El peronismo, como ya lo estableció la carta orgánica de Duhalde, se juramentó expulsar a quienes vayan por afuera («desleales», «travestis» y «traidores»). Y esa medida, según anunció también Chiche, se cumplirá luego de las elecciones. Kirchner, mientras, espera los resultados.
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