La Biennale di Firenze, la más joven entre las bienales de arte italianas cuyo prestigioso premio Lorenzo II El Magnífico han recibido, entre otros, David Hockney, Franco Zeffirelli y, entre los argentinos, Marta Minujín, invitó al artista plástico Prudencio Hernández a participar de su XIV edición, que se celebrará entre el 14 y el 22 de octubre próximos en su sede habitual de la Fortezza de Basso, Florencia, y que llevará como lema “I am you” (“Yo soy yo: Identidades individuales y colectivas en el arte y el diseño contemporáneos”). La curaduría estará a cargo del reconocido crítico y ex director del Palais de Glace, Julio Sapollnik.
Prudencio Hernández: de Areco a la Biennale de Arte de Firenze
El artista plástico argentino, forjador de un estilo rico en contrastes entre lo rural y lo urbano, entre lo individual y lo colectivo, fue invitado a participar de la más joven y prestigiosa bienal italiana.
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Prudencio Hernández. El artista en su taller.
Hernández es un pintor singular, ajeno al establishment, y que viene cimentando una sólida y variada trayectoria a lo largo de los años. Oriundo de San Antonio de Areco, su filiación recuerda la de otros artistas e intelectuales argentinos, como Adolfo Bioy Casares (también su porte y elegancia), que “torcieron el mandato familiar”: así se refiere él al destino de estanciero, como su padre, para emprender una carrera en las artes. “Afortunadamente”, cuenta a este diario, “mi madre tenía inclinaciones artísticas, era concertista de piano y amante de la pintura, de las porcelanas, porque si no hubiera sido por ella yo no habría podido seguir mi vocación”.
Sin embargo, Hernández jamás abandonó el ámbito rural; por el contrario, hasta hoy divide su año entre Buenos Aires y el campo, lo cual forjó también la naturaleza de su obra pictórica. “Mi pintura, que en los últimos tiempos se basa en el tema de la incomunicación entre los seres humanos, es urbana”, decía hace cuatro años en ocasión de su muestra en el Festival Mira, en el Centro Cultural Borges. “Son personas que viven en un mismo edificio, e intentan comunicarse a través de las ventanas. Hay mucha angustia. En el campo, en cambio, algunas comadres pueden vivir a cierta distancia una de otra, y odiarse, pero si se enferma una allí estará rápido la otra para asistirla”.
En el nuevo diálogo con Hernández, y después de que aludiéramos al tema de la pandemia que aisló de forma concreta y ya no simbólica a las personas, señaló: “Es verdad pero, de manera paradójica, la incomunicación me preocupaba, artísticamente, mucho más antes de la pandemia que ahora. Actualmente, el azar de lo que ocurre con esas personas es mi tema dominante. Yo miro por la ventana y observo lo que sucede, no por una cuestión voyeurista, como ese personaje de Hitchcock, sino que observo su vivir, son familias que interactúan. En una ventana están comiendo, en otra mirando televisión. La comunicación se establece en mis cuadros con personajes que miran por la ventana. O mejor: tengo muchos cuadros en los que hay un único personaje que mira al universo, que está arriba, en la azotea, observando un poder superior, se lo llame Dios o se lo llame de otro modo.”
“No es la soledad de las obras de Edward Hopper, por ejemplo. Una soledad abrumadora”, le decimos. “No, Hopper me transmite una sensación de terrible desamparo. Mis personajes se comunican. Nunca están solos del todo sino rodeados por edificios habitados por otras personas, y si se asoman o piden auxilio, o quieren conversar, lo logran”.
“Ese es el campo, no la ciudad”. “Sí”, continúa Hernández. “Los personajes de campo siempre buscan esa comunicación, hay más solidaridad. Cito siempre el caso de esas tres mujeres, una muy bonita, otra no demasiado agraciada, la otra muy mayor, que pasaban sus vidas criticándose, pero si una de ellas se enfermaba las otras dos dejaban todo para ayudarla. Ahora bien, la vida urbana tuvo en algún momento algo parecido, pero ya se perdió”.
El cruce de miradas, la propia y la de los personajes retratados, define el grueso de su corpus artístico. Del mismo modo, el empleo balanceado del cromatismo: “Yo uso colores cálidos. El amarillo, el colorado [como a Borges y Bioy, rara vez se le oye decir a Hernández el “rojo”], son colores importantes para mí. Dominan, en contraste con los colores fríos como el azul. Ese cromatismo cálido es el del cual me valgo para la conexión de algunos personajes con esa entidad superior de la que hablábamos antes. No religiosa, sino espiritual.”.
Contrastes
Una nota distintiva en la pintura de Hermández es también el contraste entre los personajes, que son individuales, solitarios, pero la arquitectura se conecta siempre entre sí: los edificios se arquean, se apoyan unos con otros. Como si de esa forma se verificara el lema de la Bienal de Florencia de este año, el cruce entre lo individual y lo colectivo.
“La mía es una arquitectura blanda”, corrobora. “Yo antes trabajaba con líneas rectas, pero el trabajo con las líneas curvas, que se origina también en el empleo de astros en la composición, como el sol o la luna, forman parte de la evolución de la mirada. Los edificios a veces forman ondulaciones, se sostienen unos con otros, a diferencia, en algunos casos, de las personas que los habitan”.
Su pintura, pese a ese “mandato familiar” de ser el mejor, refleja transparencia: seres con desamparo, amurallados. Una pintura libre, no atada a jerarquías sociales.
“En San Antonio de Areco, tierra de los Güiraldes, donde mis padres tenían el campo”, recuerda, “cuando ellos no estaban yo dormía en un cuartito de los caseros, que eran como de la familia”. Y continúa con una apreciación estilística que alguna vez le endilgaron y con la que nunca se sintió cómodo: “Dijeron que mi pintura era naif, como si me hicieran un elogio, pero es un término al que siempre me negué. Yo trabajo las estructuras de manera diferente: los colores están balanceados, una casa no puede ser más pesada que la otra. Las composiciones tienen un rigor que nunca tuvieron los naifs. Mi fuente es mi mirada y los recuerdos de lo que vi: ese balance es fundamental para rehuirle tanto al realismo como a lo onírico. Mi salto se produjo en el trabajo de las texturas y la aplicación del color. Y mis juegos con las transparencias.”
Prudencio Hernández tiene múltiples intereses, y además de la pintura (y el coleccionismo de obras de arte) otra de sus pasiones son los carruajes antiguos. “Eso empezó”, recuerda con nostalgia “con el break que nos iba a buscar a la estación de Areco cuando volvíamos de Buenos Aires Era un carruaje con tiro de seis caballos. Cuando pude comprar mi primer carruaje empecé a pasear a mis hijas por el campo. El carruaje debe tener caballos adecuados, y de calidad. Hay una vestimenta de acuerdo con cada carruaje. Cuando salió la oportunidad de comprar uno de colección lo hice. Hoy tengo ocho carruajes, el más antiguo es de 1880, y todos son funcionales. Hay que considerar que la mayor parte de los carruajes existentes en el mundo son del siglo XIX. En 1904, con la aparición masiva del automóvil, el carruaje dejó de ser práctico. Portugal es uno de los países con mayor cantidad de carruajes de colección, en Viena hay otra importantísima colección: son carruajes procedentes de los Habsburgo, del Imperio Austrohúngaro.”
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