La actividad eléctrica del cerebro cambia desde el momento en que nacemos; cuando maduramos; durante el día, cuando estamos despiertos; durante la noche, cuando dormimos y también cuando morimos.
La actividad eléctrica del cerebro cambia desde el momento en que nacemos; cuando maduramos; durante el día, cuando estamos despiertos; durante la noche, cuando dormimos y también cuando morimos.
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Si bien hay ciertos patrones en común, no todos fallecen de la misma manera si de ondas cerebrales se habla. Hay pacientes revividos que relatan experiencias cercanas a la muerte como, por ejemplo, haber visto la luz al final del túnel, mientras que otros no recuerdan absolutamente nada.
Más allá de que existen explicaciones asociadas a las creencias de cada sujeto, también hay demostraciones científicas de por qué en algunos pacientes ocurren estos fenómenos y en otros no. Y eso es demostrable con estudios complementarios que realizan los neurofisiólogos clínicos.
Para comprender estas diferencias, lo primero que debe saberse es que el cerebro funciona en tres capas:
De acuerdo a los hallazgos científicos, sumados a las experiencias vistas en el consultorio en pacientes revividos, las percepciones cambian según la manera de morirse:
Una de las funciones del neurofisiólogo clínico en quirófano es controlar que ese coma inducido no llegue a las estructuras superiores. Para ello se realizan estudios llamados potenciales evocados somatosensitivos, porque el paciente tiene que estar “sintiendo” en todo momento durante la cirugía. Pero cabe aclarar que el hecho de que el paciente tenga estímulos táctiles en la corteza superior no quiere decir que sienta dolor, porque esa sensación te la da la corteza intermedia (el lóbulo límbico), asociada a los recuerdos. A veces ocurren despertares en las cirugías por cuestiones anestesiológicas o urgencias, y a los pacientes se les hace mover una mano o una pierna. Al reaccionar por completo, no recuerdan ningún padecimiento, porque esa inteligencia de la corteza superior, si no tiene la inteligencia emocional de la corteza intermedia, no se retiene ni se fija.
En síntesis, los pacientes que mueren (y se reaniman) en el quirófano, no recordarán ni sentirán nada. Su actividad cerebral se irá apagando de a poco, disminuye la amplitud de las ondas cerebrales corticales y se ralentizan. Por ende, no manifiestan experiencias cercanas a la muerte.
En estos casos, la corteza cerebral se apaga, pero el lóbulo límbico asociado a los recuerdos y las emociones (el intermedio) sigue funcionando. Y cuando se recuperan de esa muerte clínica, sí manifiestan experiencias cercanas a la muerte, como que están caminando a través de un túnel. Pero esas experiencias no son iguales para todas las sociedades ni todos los credos. Por ejemplo un paciente católico puede tener experiencias cercanas a su religión que serán distintas a las de un budista. Mientras que los que no creen en nada, pero valoran a su familia, pueden presentar visiones de sus seres queridos que los esperan del otro lado. En estos casos, la actividad del lóbulo límbico se libera “a borbotones”: a diferencia de quienes se apagan en el quirófano de a poquito, las ondas cerebrales presentarán una actividad diferente, con el llamado patrón de paroxismo-supresión, donde la actividad eléctrica, brota, cesa y vuelve a brotar.
En este caso, su cerebro no muere de arriba hacia abajo o viceversa, sino que se apaga todo a la vez y se resucita todo a la vez. Se van como si soñaran, así es su actividad cerebral. Se apagan completamente, pueden tener un electroencefalograma plano o indetectable y después el “switch” se vuelve a conectar. En estos casos, los pacientes pueden manifestar alucinaciones. Ya no hablamos de la experiencia al final del túnel, sino más bien visiones azarosas. Al despertar, manifiestan que no entienden bien dónde están, mezclan sensaciones con realidades.
En síntesis, no hay un patrón único para las muertes cerebrales. De la misma forma, los pacientes que se reaniman lo hacen de una manera individual y privada, no es igual para todos. Los pacientes mueren sintiendo lo que creen, y cada uno cree en algo diferente, porque todas las creencias están en el lóbulo límbico (la capa intermedia) y ya no dependen de las funciones superiores.
Por lo tanto, se vive de una manera individual y se muere de una manera individual. Lo que sí cabe aclarar es que todos los pacientes que se recuperan de las experiencias cercanas a la muerte, en ningún caso manifiestan que su vivencia haya sido dolorosa o traumática, sino que todos le han perdido el miedo a fallecer, porque en el peor de los casos “se van como soñando”.
Como dijimos antes, en esta situación la corteza superior sigue funcionando y debe hacerlo. De hecho, en quirófano, se suele solicitar un estudio no invasivo y seguro llamado potencial evocado somatosensitivo, en el que se le aplican al paciente pulsos eléctricos suaves en tobillos y muñecas, se colocan electrodos en la cabeza y se ven ondas en forma de “U” que hace el cerebro, lo que significa que el paciente siente el tacto en su cerebro. Existen también potenciales evocados visuales y auditivos y, en todos los casos, se registran los cambios en la actividad cerebral, que son medibles, reproducibles y, por lo tanto, científicamente demostrables.
Los equipos con lo que se realizan los potenciales evocados están presentes en las terapias intensivas de los hospitales de mediana y alta complejidad, aunque también existen aparatos que pueden trasladarse. Quienes deben realizarlos son neurofisiólogos clínicos, porque son los que saben interpretar los resultados de estudios complementarios y aplicarlos a la situación de cada paciente, que es tan individual como sus experiencias, tanto en la forma de vivir como al momento de partir.
Director de la Fundación Argentina de Neurofisiología Clínica (MN 103136) .
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