4 de marzo 2005 - 00:00

EL TESORO DE SIERRA MADRE

EL TESORO DE SIERRA MADRE
Escribe Angel Martínez Bermejo (*)
No es necesario para decidirse a recorrer la Sierra Madre andar tras el tesoro que dejó escondido Pancho Villa, las toneladas de oro y plata que el considerado el Robin Hood mexicano les robó a banqueros y que convertiría en magnate a cualquiera. Ni tampoco ser un buscador de oro como Humphrey Bogart en la formidable película «El tesoro de Sierra Madre», basada en la novela del enigmático B. Traven, con la que John Huston, más allá del Oscar que ganó, se instaló entre los más grandes cineastas de todos los tiempos. No impulsan al itinerario esos tesoros, sino el que ofrenda al viajero la deslumbrante belleza de esa región de México.

VAMOS AL CHEPE

Visto sobre el mapa, el viaje en tren entre Chihuahua y Los Mochis, a través de la Sierra Madre Occidental mexicana, puede parecer como otro cualquiera.
Sin embargo,
los apasionados de los trenes se atreven a calificarlo como el más espectacular de todo el mundo entre los de menos de mil kilómetros. La razón es el extraordinario paisaje que recorre, esculpido por una serie inacabable de cañones y barrancos.
La línea, de 674 kilómetros, tardó un siglo en construirse por las grandes dificultades que suponía superar semejantes obstáculos. Hasta hace muy pocos años, el
Chepe -como se conoce al ferrocarril que va de Chihuahua al Pacífico- era la única vía transitable a través de esta sierra áspera y agreste. Al menos cuatro de los muchos cañones que sajan las montañas son más profundos que el Gran Cañón del Colorado. Todos son mucho más estrechos. En sus bosques merodean aún el lobo y el puma, y a veces se sabe de algún encuentro con el oso pardo.
En estas tierras aisladas por precipicios de vértigo y duros inviernos, los indígenas
tarahumara, aquellos que fascinaron al poeta, actor y dramaturgo surrealista Antonin Artaud, han sabido mantener su cultura al margen del mundo exterior. Desperdigadas en este mundo duro e indomable se esconden misiones coloniales y ciudades mineras abandonadas. Realizar este recorrido en tren, por las llamadas Barrancas del Cobre, deteniéndose aquí y allá para explorar la zona, es un viaje hacia otro mundo.
Desde
Chihuahua, los viajeros deseosos de vislumbrar los tesoros de la Sierra Madre se detienen primero en Creel, un poblado con ambiente de frontera desde donde es posible emprender diferentes rutas. Una de ellas conduce hasta la cascada de Basaseachi, que, con 300 metros de caída, es una de las más altas de América del Norte. Si se sube hasta el mismo borde de la cascada, al asomarse se siente el vértigo de las profundidades insondables.
TIERRAS INDIAS
Vértigo es la palabra que define esta sierra. Desde
Creel una carretera baja hasta Batopilas, pero parece caer a las profundidades de la Tierra. En 125 kilómetros de recorrido se desciende desde los 2.500 metros de altitud a poco más de 500. Poco a poco el bosque de pinos se entrevera de robles, y luego aparecen los cactus y las mimosas. Se pasa junto a ranchos de los tarahumara, que consiguen sobrevivir en estas montañas indómitas a base de pequeños cultivos de maíz y frijoles, de pastorear unos pocos animales y de cazar en los bosques. Son los protagonistas de unas extraordinarias carreras, las rarajípari, maratones de varios días y noches a través de pendientes intransitables en los que recorren distancias inconcebibles. Ellos se dan a sí mismos el nombre de rarámuri, los corredores.
Batopilas aparece al fondo del valle, en un ambiente tropical en el que crecen el mango, la papaya y el banano. En los patios de las casas huele a guayaba. Aquí se han explotado las minas de plata desde el siglo XVI, pero hace tiempo que se han dado al olvido. La pista sigue, río abajo, hasta Satevó, con una sólida iglesia que quizá tenga 300 años, desproporcionada en su grandeza junto a un exiguo caserío, pero mínima bajo el poderío de las montañas. Hay quien la llama la catedral perdida. Satevó parece el fin del mundo, pero quizás sólo sea el final de la carretera.
De regreso a
Creel queda todavía lo mejor del viaje en tren, que es un rosario de momentos espectaculares. Después de Los Ojitos, a más de 2.400 metros, el punto más elevado de la línea, se pasa por El Lazo, donde la línea hace un giro de 360 grados sobre sí misma, primero sobre un puente y después bajo él. Luego llega Divisadero, desde donde uno cree volar sobre el vacío de la Barranca del Cobre, la que ha dado nombre a toda la región. El río Urique ha tallado un tajo de 1.800 metros de profundidad que parece llegar a las entrañas de la Tierra. Cerca, la estación de Bahuichivo es el punto de partida hacia los cañones de Cerocahui y Urique, una zona mucho menos visitada que la de Batopilas, pero más espectacular. Un valle abierto en la montaña se hunde hasta el horizonte. Las casas de Urique casi no se distinguen en la distancia, perdidas en un valle tropical que se contempla desde un bosque frío, alto y colgado del vacío.
Queda el último tramo del viaje en tren, cuando emprende su descenso definitivo. Se pasa junto a cascadas que casi salpican los vagones, al pie de inmensos farallones. Hay algunas paradas en mitad de la nada absoluta en las que desciende algún viajero solitario. Poco a poco el perfil de las montañas se dulcifica, los ríos parecen domesticarse y surgen las primeras estrellas justo antes de que la noche se trague el paisaje. El tren ha atravesado la sierra y se acerca a la costa del Pacífico.

(*) Del diario «El Mundo», de España.

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