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8 de agosto 2008 - 00:00

Los apasionados del turismo subterráneo

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El subte iba de Catedral a Congreso de Tucumán. En el pasillo, un treintañero, zapatillas de trekking, chinos Hugo Boss, campera de nieve Armani, gastada mochila de cuero al hombro, aferrado al pasamanos leía unas extensas anotaciones que una y otra vez parecía confrontar con su guía Lonely Planet de Buenos Aires.
-Vamos, vamos -le cuchicheó a la rubia, de sofisticado conjunto dark, sentada frente a él.
-¿Por? ¡Otra vez nos vamos a bajar! -inquirió, junto a un suspiro, desganadamente la rubia. El tipo le lanzó un largo párrafo y exaltado blandiendo la guía, mientras la chica cabeceaba comprensivamente.
El diálogo en inglés tenía el marcado acento londinense propio de la high society. De pronto el tipo, sobresaltando a la chica y a varios pájaros, zarandeándola, comenzó a gritarle:
-¡Quinquela Martín! ¡Quinquela Martín! -y apenas se abrió la puerta del coche salieron de un salto a la estación.
Varios pasajeros sonrieron, pero un muchacho entre carcajadas disparó buscando la risa cómplice del resto:
-Se creen que bajaron en la estación Quinquela Martín, y están en Plaza Italia, ¡estos turistas!
-Y no se equivocaron. Es la estación Plaza Italia, la de la Rural y la del Zoológico, pero también es la estación del Quinquela Martín, un bellísimo mural que ocupa gran parte del piso de la estación -las sabias frases catapultaron un abrumador y respetuoso silencio, sólo birlado por algún susurrado «es cierto». El muchacho volvió a colgarse de su iPod.
-¡Saberes de un porteño que ama su Ciudad! -lo felicité.
-¿Porteño? Soy mexicano, de Coyoacán, del barrio más lindo del Distrito Federal, pero... lo que está haciendo esa pareja yo lo vengo haciendo por buena parte del mundo, es lo que hoy se llama «turismo subterráneo». Los subtes, con su arquitectura, sus murales, cuadros, esculturas, exposiciones, performances, música, que tienen en sus estaciones, sus corredores y vestíbulos, son inmensas galerías de arte que es placer recorrerlas. Hoy, y puedo dar un claro testimonio de ellos, hay andando por el planeta verdaderos fanáticos del «turismo subterráneo», y no son sólo arquitectos o artistas; es gente a la que le importan las expresiones artísticas.
-¿Y usted como empezó con esto? -habíamos llegado a la estación Juramento, y el mexicano se bajaba, lo seguí movido por el tema.

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CONFESIONES DE UN ANDARIEGO

-Tuve un estímulo y un soporte. Empecemos por el soporte -pareció divertirse-. ¿Usted vio la película «About a boy», «Un niño grande», la basada en una gran novela de Nick Hornby? ¿Se acuerda?, con Hugh Grant. Bueno, yo me sentí totalmente identificado. Hugh Grant hacía de un tipo que vivía de arriba, sin hacer absolutamente nada, con mucho dinero gracias a los derechos y regalías de un villancico que había compuesto hace muchos años su padre y que tenía como herencia. Bueno, a mi padre no le gustaban ni las canciones religiosas y mucho menos las ceremoniales, pero... escribió algún corrido, alguna ranchera y algún bolero que... acaso usted haya escuchado cantado por Luis Miguel. Bueno esas moneditas -ironizó- que caen en mi alcancía a diario, son mi soporte, lo que me permite andar por el mundo y estar este mes en Buenos Aires.
-¿Y cuál fue el estímulo?
-Ocurrió en Nueva York hace cuatro años, el 19 de febrero de 2004, me acuerdo porque ese día había terminado con mi tercer matrimonio. Esa mañana, en un Starbucks coffee me puse a leer el diario «USA Today», y me detuve en una nota que me impulsó a salir a vagabundear. Se llamaba «Ten great places to stop for subway art», que a mí me gusta traducir como «diez grandes lugares para ver el arte subterráneo». El artículo estaba firmado por David Bennet, que ahí supe que era autor de «Metro, the story of the underground railway», un tratado sobre la historia de los subterráneos del mundo. Para Bennett, los diez subtes imperdibles para ver arte eran los de Praga, Bruselas, Moscú, Toronto, Munich, Estocolmo, Los Angeles, Washington, Londres y Singapur. Pero yo estaba en Nueva York, y pensé que podía empezar por ahí, para ver si todo lo que decía Bennett era cierto. Y la verdad es que no sólo era cierto, sino que se me convirtió en una adicción turística. De paso, si son ciertos los datos, ¿usted sabe que el subte de Buenos Aires le gana en murales al de Nueva York? Acá sostienen que hay 130, y en Nueva York hay apenas 126. Además, entre los que tiene el subte de Nueva York, uno es argentino. Y para ayudarme en mi decisión de recorrer el submundo del arte planetario, fue el primero que vi. Se llama «Alice: the way out», y es un conjunto de murales que están en la estación de la calle 50, donde Liliana Porter, la extraordinaria artista plástica argentina, homenajea a los personajes de «Alicia en el País de las Maravillas»; son como sombras chinescas de Alicia, el conejo, la Reina de Corazones, el Sombrero Loco. Ahí empezó mi obsesión por «recorrer» esos curiosos museos bajo tierra, fue -ríe- por culpa de uno de ustedes, por culpa de una argentina. Después, siempre en el subte de Nueva York, fui viendo obras de otros artistas, me quedaron grabadas como paisajes las de Robert Wilson, Reginald Polynice, DeBrah Goletz, Michelle Greene, Jane Dickson, pero si tengo que quedarme con un mural que vale por un museo, me quedo con el del genial Roy Lichtestein en la estación Times Square.
-¿Y qué le pasó después?
-Lo mismo que cuando se aprende a leer, aprendí a ver, a escuchar, a sumar conocimientos. De regreso al DF, y México es la gran patria de muralistas y murales, recorrí los que hay en las estaciones del STC, del metro, de nuestro subte. Empecé, obvio, por «Andrómeda», el que hizo Martha Tanguma en mi barrio de Coyoacán. En mi selección final quedaron «Alegoría a la ciudad de México y el sistema de transporte colectivo» y «La técnica al servicio de la patria» de José Luis Elías Jáuregui; «El perfil del tiempo», de Guillermo Ceniceros, y «Encuentro de culturas» de Graziella Scotese. Hoy podría contarle de los que son para mí los más extraordinarios lugares subterráneos del arte. Podría contarle de los subtes de Estocolmo, Moscú, París, San Petersburgo, Santiago de Chile y Buenos Aires, para empezar, porque son los que tienen cualidades que me han atrapado. Si no, dese vuelta y observe el hermosísimo Soldi que tiene enfrente.
-Con todo lo que viene viendo, seguro que piensa escribir un libro.
-¿Usted no sabe que los subtes prohíben sacar fotos si no es teniendo un permiso especial que ellos otorgan? Claro que -se echa a reír mientras saca un celular de su bolsillo- ahora tenemos estos artefactos que no sólo nos permiten sacar fotos, sino también mandarlas de inmediato a casa, y así es como yo ya tengo mi colección particular, o sea que eso del libro es muy posible.
-¿Qué fue lo que más le impresionó de su visita a los que usted llama los museos subterráneos?
-La gente. No los millones que viajan en metro a diario, sino que hoy haya tanta gente como yo, que se detiene a mirar el arte que hay en los subtes, que unas veces es museo y otras una «cave», uno de esos sótanos donde comenzaron a cantar o tocar los que luego fueron grandes del jazz, del rock, del espectáculo. Me impresiona que tanta gente haya descubierto, como esa pareja que se bajó en la «estación Quinquela Martín», el turismo subterráneo.

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