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13 de octubre 2009 - 00:00

‘‘Mr. América’’, Andy Warhol en Malba

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«Autorretrato» de Andy Warhol (1986) sobre lienzo en acrílico y tintas brillantes. La obra se encuentra en el Museo Andy Warhol, en Pittsburg.
En 1977, el editor Glenn OBrien entrevistó a quien era su jefe en la revista Interview, Andy Warhol. La publicación, fundada ocho años antes por el mismo Warhol y Gerard Malanga (poeta y mano derecha de aquél durante las años 60) se centraba en notas sobre celebridades y famosos del mundo cinematográfico, pero también de la música y del jet set neoyorquino. Warhol, quien había hecho de la fama un valor superior al arte, con pleno derecho podía ser material de Interview.

Ya habían pasado más de tres lustros desde que presentó pequeñas telas sobre las que copiaba el perfil de las latitas de sopa Campbell con sus diferentes sabores, tal como hubiesen aparecido en un catálogo de ventas; y más de trece años desde que inaugurara The Factory, el estudio-taller-set de filmación en donde, ya con su peluca platinada, producía obras como si fuese una máquina a la vez que organizaba fiestas y reuniones en donde travestis drogados de anfetaminas compartían copas con artistas excéntricos y estrellas como Dennis Hopper, Truman Capote, Allen Ginsberg y los jovencísimos Mick Jaeger y Lou Reed.

La entrevista es una muestra del estilo lacónico, entre cínico y profundamente sincero con que Warhol construyó su imagen pública.

Frases cortitas con las que responde las preguntas con las que O Brien recorre su trayectoria, sus inclinaciones políticas, sus opiniones sobre otros artistas. Muchas son referidas al dinero, porque Warhol, como ningún otro artista trabajó la relación del arte con el mercado. Otras, muchas, sobre su estilo de vida, sus pelucas, sus amigos, sus perros y su afición a las compras. También le pregunta: ¿Crees en el sueño americano? Y Warhol responde: No, pero creo que le puedo sacar algo de plata.

«Mr. América», la exhibición más extensa sobre Warhol que hayamos podido ver en Buenos Aires y que abre sus puertas en el Malba en pocas horas, promete sumergirnos en esa relación ambigua que el artista (y el movimiento pop en general) mantuvo con el ideal de progreso, esfuerzo individual y abundancia con el que Estados Unidos decía adiós a los duros tiempos de la posguerra. Warhol mismo, señala Philip Larrat Smith, curador de la muestra, puede considerarse como el ejemplo perfecto del american dream: el desvalido hijo de inmigrantes rusos nacido en la periférica Pittsburgh, que se transforma en un artista exitoso en ventas y prestigio, en una celebridad festejada por la alta sociedad neoyorquina. Obras como las latas Campbell o las famosas brillo box, cajas de cartón pintadas por el artista que no se diferencian en nada de las que el ama de casa de la época podía comprar en el supermercado, parecían en los 60 celebrar no sólo un arte nuevo que se separaba tajantemente de la estética anterior, la abstracción sufrida de Pollock, sino también la infinita repetición de lo igual dentro del mundo del consumo, el reino de lo idéntico, la masificación. En la exhibición, que se organiza a modo de retrospectiva con más de 140 obras pertenecientes al Museo Andy Warhol de Pittsburgh, se podrán ver otras obras menos festivas: la serie de los «Muertos y los Desastres», cuadros construidos a partir de fotografías periodísticas que ilustran tragedias como caídas de aviones, huelgas con fines violentos, etc. O la tenebrosa imagen de la silla eléctrica, que Warhol también tomó de las medios y desperdigó por galerías y museos, dando cuenta de zonas un poco más oscuras en la ideología reinante.

El curador canadiense no olvida que, en el transcurso de la itinerancia de la muestra por tres ciudades latinoamericanas (Bogotá, San Pablo y Buenos Aires), no pocos cuestionarán la legitimidad del uso de la palabra América para referirse sólo al territorio del Tío Sam.

Las relaciones problemáticas de Estados Unidos con sus vecinos, y del pop como tendencia internacional que tuvo ecos en todos los rincones del planeta, se rescatan también en el catálogo que acompaña la exhibición, donde un texto de la investigadora Ana Longoni y una entrevista a Guillermo Kuitca rastrean la inserción del pop en la Argentina.

Hay otro juego de palabras en el título. El curador avisa que refiere también a los concursos de belleza, Ms. América, a través de los cuales se elige una especie de modelo estético femenino para el país. Mr. América, entonces, pone en primer plano la homosexualidad de Warhol, así como todos sus juegos con el travestismo, como una parte central de su obra.

Las más de quince películas que se exhibirán en el auditorio y en las salas del museo, son los soportes privilegiados para estas lecturas que proponen que la figura pública, sus apariciones y estilo de vida, son una de las obras más logradas entre todas las de Warhol.

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