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El balance de la década iniciada en 2003 con la presidencia de Néstor Kirchner exige una revisión a fondo del estado del país en ese momento fundacional, con una trama social fuertemente dañada después de atravesar con innumerables padecimientos la era neoliberal, destructiva para la inmensa mayoría de los argentinos.
El legado de destrucción que recibió el kirchnerismo fue inmenso. Quien mire en ese espejo ya superado el estado actual del país -y sea capaz de recordar la angustia colectiva de aquellos tiempos- deberá reconocer los cambios sustanciales que se han producido en esta década, salvo que lo guíe la miopía o el resentimiento.
El período de crisis casi terminal que se había instalado en las instituciones del país luego del abandono del gobierno por parte de De la Rúa, cuyas consecuencias se extendieron hasta la histórica elección en que Kirchner enfrentó a Menem, exigía un enorme coraje civil y una profunda voluntad de transformación,.
En ese contexto, Kirchner comenzó por devolverle credibilidad a la figura presidencial y construyó la legitimidad y la gobernabilidad de su gestión a partir de una notable impronta de cambio.
A contrapelo del credo privatista que había dominado la década de los '90, el entonces nuevo Presidente comenzó a fortalecer el rol del Estado en la economía e impulsó políticas destinadas a restañar el tejido social y mejorar la calidad de vida de los más desprotegidos de la sociedad, quienes habían sido las grandes víctimas de la economía neoliberal.
Si observamos como un todo la presidencia de Néstor Kirchner y los mandatos de la actual presidenta Cristina Fernández -del segundo aún no ha llegado a completar su primera mitad- es posible destacar un proceso de coherencia política y una apuesta por la profundización de las transformaciones.
En la última década Argentina creció más que los demás países de la región, y logró reducir la pobreza y la desigualdad. Ese crecimiento se moderó, es cierto, pero no se detuvo ni siquiera después de 2007, cuando la crisis económica internacional empezó a provocar trastornos globales.
La conducción de la economía con un enfoque heterodoxo y basado en la búsqueda de autonomía permitió frenar la injerencia de los organismos internacionales que, como el FMI y el Banco Mundial, habían condicionado al país durante décadas, y se avanzó con la política de desendeudamiento frente a las distorsiones provocadas por la deuda externa.
La recuperación de las AFJP y la política previsional beneficiaron a numerosos nuevos jubilados, y produjeron aumentos progresivos en sus asignaciones.
La reestatización de YPF constituyó una medida histórica que valoramos especialmente desde las provincias productoras de hidrocarburos. Su rol será determinante en el futuro como una herramienta del Estado destinada al autoabastecimiento, el aumento de la producción y la modificación de la matriz energética.
La política integral de derechos humanos constituye un ejemplo reconocido internacionalmente. Desde aquel gesto simbólico de ordenar retirar el cuadro del genocida Videla, recientemente fallecido en prisión, esta década fue pródiga en medidas ejemplificadoras.
El impulso a los juicios a represores militares y colaboradores civiles, la renovación virtuosa de la Corte Suprema de Justicia y el respaldo a la lucha de las Madres y las Abuelas marcaron un avance cualitativo sustancial. Se demostró que la recuperación de la memoria y la justicia irrestricta son claves para la construcción de una democracia fuerte.
Una lista exhaustiva de logros de la última década debe incluir la posición crítica ante el ALCA, la toma de posición por la unidad latinoamericana y el Mercosur, las políticas de inclusión social y también el impulso de leyes que garantizan los derechos de las minorías -como la de matrimonio igualitario-.
Con sus avances notables, este modelo nacional privilegió a sectores sociales que fueron históricamente marginados y recuperó la esencia peronista de la militancia de base, especialmente a través de la juventud. En paralelo, puso a la defensiva a aquellos sectores que se han opuesto siempre a la justicia social y a las políticas distributivas.
Durante la última década el país ha tenido estabilidad y crecimiento, y entre los argentinos se han reducido la pobreza y la desigualdad. Las políticas nacionales han permitido bajar el desempleo y crear empleos en blanco. Somos conscientes de que afrontamos una fuerte batalla cultural, que incluye una lucha por la palabra democrática, hasta ahora monopolizada por grandes grupos mediáticos concentrados.
Estamos definitivamente ante una "década ganada". Es evidente que este es un gobierno que "no le gusta a la oligarquía", según la frase de José Pablo Feinmann (1). En gran medida, porque tomó firme posición ante sectores privilegiados, enfrentó a los actores más concentrados de la economía y se propuso incluir a las víctimas del neoliberalismo. Este peronismo es, también, un humanismo. Nuestro desafío es profundizar lo que se hizo en esta década.
(1). José Pablo Feinmann-Horacio González: "Historia y pasión", Buenos Aires, Planeta, 2013.