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Martín Sivak: la ardua tarea de narrar el suicidio de su padre
En “El salto de papá”, reconoce, debió lidiar con la incomodidad de contar en primera persona el caso de su familia, que fue resonante en los años 80.
Martín Sivak. “Cuando mi padre tomó la empresa estaba en mala situación, era marginal en el mundo de los negocios.”
M.S.: No fue premeditado. No me propuse hablar de esto para contar de la historia reciente de la Argentina, o de la década del 80. La empresa (Buenos Aires Building) estaba en mala situación económica cuando mi padre la tomó, no tenía presencia en las cámaras empresariales, era marginal en el mundo de los negocios.
P.: Pero uno se encuentra con un imperio forjado con fondos del Partido Comunista, con el secuestro más conmocionante de comienzos de la democracia, con su padre gritándole a Tróccoli, charlando con Seineldin, a Lanusse yendo a comer a su casa.
M.S.: Descubrí que inevitablemente tenía que narrar en primera persona, y hacer públicos hechos privados. Debí superar la incomodidad de verme como un exhibicionista. ¿Por qué debía incluir esos nombres? ¿Era relevante que mi padre hubiera estado preso en el gobierno de Lanusse y que Lanusse fuera a almorzar a casa? ¿Era la reconciliación nacional o era que papá, jugando a la política, se rodeaba de gente supuestamente influyente? Si bien él había dejado la FAL, sus negocios los pensaba políticamente, eran como la culminación de la política. Y fueron fracasos.
P.: Cuando se define a su padre como "banquero marxista" se lo convierte en personaje de Roberto Arlt, que podría estar junto al Rufián Melancólico, y usted, acaso más allá de su voluntad, lo muestra como una expresión del espíritu de la época.
M.S.: Él creía que estaba yendo contra el capitalismo desde un banco, en eso era arltiano. Era un fumador empedernido, desalineado, mal vestido. Era una forma de provocación. Vivía la ambigüedad de estar tironeado por el mandato paterno de ser un buen empresario, un gran abogado, y sus ganas de hacer política, que la había hecho como militante estudiantil y dirigente en la facultad de Derecho, lo que le había dejado una cultura crítica acendrada y una sensibilidad de izquierda. Algo que estaba aún presente cuando se vio desbordado por el secuestro y asesinato de Horacio, su hermano, los avatares de ese que quedó como el Caso Sivak, y a la vez la crisis del banco que dirigía, el tapar día a día, mes a mes, los agujeros del banco.
P.: Su libro comienza "Antes de tirarse de palito de un piso dieciséis, papá se despidió de la clase obrera argentina".
M.S.: Creo que a él, que había estado preso como dirigente político bajo una dictadura, ante un ya inevitable desastre financiero, le resultaba insoportable pensarse en la cárcel por un delito económico, por estafar a ahorristas.
P.: ¿En qué está ahora?
M.S.: Tengo tres cargos docentes, en la Universidad de Nueva York donde hice el doctorado en Historia de América Latina; en la Universidad Di Tella, y en Universidad de San Martín. Hace tres meses asumí la dirección editorial de Paidós, Ariel y Crítica. Siempre tuve la idea del próximo libro que voy a escribir, esta vez no; ya surgirá.


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