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29 de marzo 2017 - 00:00

Diálogos de Wall Street

Fin a la zozobra post-Trumpcare. Wall Street hizo pie y la Bolsa cerró con una avance del 0,7%. Hablamos con Gordon Gekko sobre la tozudez del Trump rally que, pese a la adversidad, no deja de dar batalla.

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ón del Obamacare- pero el rally no se rinde. Retrocede bajo presión y vuelve rápido a la carga. Es un auténtico tentempié.

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Gordon Gekko: Si los mercados están dispuestos a creer, aún con la evidencia en contra no habrá con qué darle...

P.: Es admirable y muy peligroso... ¿o me equivoco?. ¿Otro caso de exuberancia irracional en puerta?

G. G.: Precisamente Bob Shiller, Nobel de Economía 2013, y quien usó la frase de Alan Greenspan, que usted cita como título de uno de sus libros, dice que Trump es la principal esperanza de los mercados y también su principal peligro. Antes de Trump, la Bolsa sabía lo que era quebrar récord tras récord, las acciones no estaban baratas, pero no había euforia. Hoy se pagan precios un 15% más altos, que suponen que Trump desatará una revolución pro negocios y, a la par, esa revolución no se pone en marcha. Aun contando con una mayoría propia en el Congreso.

P.: ¿Será que el Obamacare no importa y la reforma tributaria sí?

G. G.: Si la salud no importaba, ¿por qué se empezó por allí? Los ahorros que estaban previstos con el Trumpcare formaban parte del espacio fiscal que se necesita para bajar fuerte los impuestos. De ahí, la secuencia.

P.: En el imaginario del inversor "bullish", Trump es la resurrección de Ronald Reagan. Su debut en el Congreso lo pone en un pie de igualdad con Jimmy Carter. Y, sin embargo, se le redobla el crédito. ¿Por qué?

G. G.: Primero, lo primero. Mantener la esperanza no deja de ser lo más conveniente. Segundo, Trump, a simple vista, tropezó con el cordón de la vereda. Los republicanos tienen mayoría como para imponer su agenda. Y esto es válido para las reformas pendientes. Y ninguna es tan ríspida, al interior del partido, como la cuestión sanitaria.

P.: Si los republicanos no se ponen de acuerdo cuando controlan el Ejecutivo y el Legislativo, no les espera gran futuro en las elecciones de mitad de término el año próximo. Ya no son la oposición, ahora son el partido del Gobierno.

G. G.: En el papel es así. No hay margen para tragarse otro sapo. En la realidad no lo sabemos. David Stockman, quien fuera el responsable del presupuesto en tiempos de Reagan, nos advirtió desde el primer día sobre la intransigencia de las facciones dentro del Partido Republicano. Y él es del mismo palo. No sangra por ninguna herida.

P.: Stockman dice que el Trump rally es una muestra de insania, que no habrá reforma tributaria en el presente ejercicio fiscal y que, cuando ocurra, no tendrá la potencia que el presidente nos prometió. ¿Vamos rumbo a una enorme decepción?

G. G.: No tan rápido. Y la prueba es el fracaso en repeler y desplazar el Obamacare, y el contraste con el Dow Jones, en este momento, un 0,8% arriba.

P.: Después de una seguidilla de ocho caídas al hilo tampoco el rally es el mismo animal avasallante que se llevaba todo puesto.

G. G.: Seguro. Pero en esa racha adversa entregó menos del 2% y, hoy, sin gran razón aparente, de buenas a primeras, recupera casi la mitad. La tendencia se preserva favorable a pesar de que las noticias les dan la razón a los escépticos como Stockman.

P.: ¿De dónde saca fuerzas el rally?

G. G.: La confianza del consumidor creció a su nivel más alto en 16 años, según The Conference Board. La clave es que Trump levantó los animal spirits de manera formidable.

P.: La encuesta se hizo antes del fiasco en el Congreso.

G. G.: Guste o no, créase o no, Trump tiene el crédito abierto de los consumidores, de los empresarios y, es la razón detrás del rebote de hoy, también de los inversores. No lo subestime. La luna de miel continúa (más allá de la ayudita de la Fed, hoy con declaraciones suaves de Stanley Fisher, con la virtual desaparición de todo signo de agresividad en materia de acelerar la suba de tasas). El rally sigue en manos de Trump. Tiene que conducir su partido. Simplemente. No sea cosa que fracase, ya no en la reforma tributaria, sino antes, por culpa del techo de la deuda pública. Sería tremendo que tenga que cerrar el Gobierno, como les pasó a Clinton y a Obama, porque no consigue la autorización de sus partidarios para levantar el límite del endeudamiento.

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