Ayer contuvieron su fiebre los mercados y, hasta la decisión intransigente del campo, los bonos treparon (lo había anticipado este diario) como no ocurría hace tiempo. Nadie sabe lo que hoy sucederá, ya que la persistencia de la huelga rural enrarece los pronósticos, pero hasta ese momento había una cierta sintomatología de cambio basada en dos medidas:
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1) El Banco Central abandonó la errática política y atacó la demanda sobre el dólar: vendió durante dos días (empeñó más de 500 millones) y lo hizo bajar. Más importante: anticipa que seguramente seguirá vendiendo si prosigue la desconfianza -esa misma que a la gente la insta a reclamardivisas aun sabiendo que va a perder-, señal también de otra política más duradera: esa orden oficial del BCRA indica que el gobierno no devaluará, ya que instaló el dólar para diciembre en el orden de $ 3,25. 2) Casi inadvertido, además, junto a esto pasó el ajuste al precio de las naftas, otro indicador futuro de que se viene una corrección sobre las tarifas (con fuerte aplicación sobre los sectores más holgados socialmente). Señal, claro, de que tardíamente se buscan recursos para un Estado con problemas. Ortodoxia, si se quiere, o un realismo que sedó ayer a los nerviosos mercados que hoy, por la conflictividad del campo, tal vez requieran calmantes de nuevo.
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