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El concepto general tiene un fuerte contenido nacionalista y hasta demagógico, y si se pretende llevarlo a la práctica de una manera que ignore las pretensiones de los acreedores (buscando placer a los populismos arraigados en el país), directamente podría no haber acuerdo con ellos y por lo tanto el default seguiría. Kirchner podrá no querer ser el «proyecto del default», pero lo interesante es lo que «se puede», no lo que «se quiere».
Por el contrario, si el concepto es implementado de una manera eficaz, éste se podría transformar en un mecanismo idóneo que contribuya a levantar el default en el marco de una negociación voluntaria con los acreedores.
En concreto, si el concepto es volcado en cláusulas que contemplen quitas de capital y reducciones de la tasa de intereses y, además, estipulen que, por ejemplo, la Argentina sólo pagará los intereses (ya reducidos) en la medida en que crezca más de 4%, es muy posible que los acreedores directamente digan no.Y Kirchner, al igual queAdolfo Rodríguez Saá yEduardo Duhalde,seráel tercer presidente peronista del default de los últimos años. Con default no hay vuelta de las inversionesque motoricen una recuperación sostenida y vigorosa. Al igual que Fernando de la Rúa, Kirchner podría ser el proyecto de la recesión o, como la última etapa de Carlos Menem, el presidente de un crecimiento mediocre. El tendal social y económico dejado por la crisis de 2001 y el deterioro de 2002 podría hacerse insoportable.
Pero si aquel concepto se utiliza de una manera más amigable hacia los acreedores (en un marco de defensa a ultranza de los intereses argentinos, pero buscando la concreción de objetivos que ayuden al país, no quedándose meramente en las declaraciones populistas rimbombantes), podría ser un excelente mecanismo para contribuir al levantamiento del default.
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