Hace pocos meses, en plena disputa con el campo, uno de los argumentos preferidos del gobierno era que gracias a su acción compradora, el Banco Central había evitado la caída del dólar frente al peso, favoreciendo así a los productores agropecuarios y al «modelo productivo» en general. Las retenciones, por tanto, eran un precio a pagar por esta gentileza que alguien no dudó en calificar como la nueva convertibilidad del 3 a 1. El razonamiento parecía sustentable cuando en los primeros días de julio se necesitaban 1,6 dólar por cada euro, o la exigua suma de 1,6 real para comprar un dólar. A cambio de evitar esa caída, el BCRA inyectaba pesos por esa compra de dólares, generando una inflación real muy por encima de la que los índices oficiales reconocían.
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A cuatro meses de aquel momento, el escenario no podría ser más opuesto:
Los mercados financieros y bursátiles internacionales colapsaron en una de las caídas más profundas de su historia.
El dólar abandonó su debilidad recuperando más de 25% de valor frente al euro.
El precio de los commodities bajó en casi la misma proporción o más (en el caso del petróleo) que la apreciación del dólar.
Lejos de poder prestar (sobre todo a países como la Argentina) la banca internacional necesita fondos para volver a recapitalizarse.
Brasil, nuestro principal socio comercial, devaluó más de 30% su moneda frente al dólar.
Hoy, el BCRA vende diariamente importantes sumas de dólares para sostener la cotización. El frente fiscal se ha desmejorado sustancialmente gracias a la caída de los precios de nuestras principales exportaciones y la relevancia que tienen las retenciones en los ingresos del Tesoro. Sumado a que por poco que golpee la recesión internacional a la Argentina, el consumo interno ya se está retrasando y probablemente lo haga más, deteriorando otro bastión recaudatorio como lo es el IVA.
Frente a ello la industria clama por un tipo de cambio que le devuelva la competitividad, siguiendo el ejemplo de Brasil, Uruguay y tantos otros países vecinos. El gobierno responde ofreciendo más dólares (que son difíciles de encontrar), poniendo más restricciones a las operaciones en divisas y enviando en persona a su secretario Guillermo Moreno a calmar los mercados. La pregunta que recorre todos los lugares es: ¿Cuál debería ser el tipo de cambio natural, si no existieran semejantes distorsiones?
Proyección
Buscando en la historia reciente, Perry y Servén (2002), atribuyeron hacia fines de 2001 casi 60% de la sobrevaluación del peso frente al dólar a tres factores: apreciación del dólar; devaluación del real; y términos de intercambio, cada uno con aproximadamente un tercio de peso en la explicación del fenómeno. Hoy, salvo los precios internacionales de nuestros commodities que todavía son favorables, parecen estar presentes los otros dos factores señalados por estos autores. Por otra parte, si nos paramos al comienzo de la era «K», la cotización del dólar de mayo de 2003 era 2,89 $/u$s. Si se la indexa por el índice de precios al consumidor del INDEC hasta diciembre de 2006 (período confiable), luego por el índice de precios al consumidor de la provincia de Santa Fe para 2007 (20,1%) y se asume una inflación real para todo 2008 de 18%, obtendremos un valor, que descontada la inflación de EE.UU. por el mismo período, rondaría los 4,54 $/u$s hacia fin de este año.
Por supuesto que cualquiera podría calificar este razonamiento de extremadamente simplista y teórico. Imaginemos por un instante que esa persona estuviera leyendo estas líneas a punto de abordar un avión en Miami rumbo a la Argentina. Mientras tanto saborea una hamburguesa con queso de una cadena internacional de fast-food, que desde hace años anuncia esta opción como el «dollar menu». Ya arribado a nuestro país y con el natural apetito luego de su vuelo, se dirige a la misma cadena ordenando la misma hamburguesa con queso. Se anticipa a buscar en su bolsillo los $ 3,40 evitando así complicaciones idiomáticas, pero antes de poder concretar el pago el empleado que lo atiende le dice de manera muy amable: «Disculpe señor, son $ 4,50».
(*) Director de posgrados de negocios de la Facultad de Ciencias Empresariales de la Universidad Austral.
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