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Hay verdaderos esfuerzos por hablar mal, pero ni siquiera eso les sale bien, porque abusan del término fuerte y lo sitúan hasta donde no cabe de ningún modo. Lo que convierte al decidor en un grotesco, carente del ingenio y la chispa que acompañó a muchos personajes relevantes, y brillantes, que dosificaban la expresión más dura y la hacían pasar -con gracia- entre palabras que llevaban una idea ingeniosa. Cuando Duhalde manifiesta que estamos en un «país quebrado, fundido» no solamente debemos tomarlo por las cuentas de una economía ruinosa.
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