Ahora que hay tanta camaradería entre las bancadas mayoritarias en el Congreso, sería bueno comenzar a realizar ajustes por allí: de tiempo. Y suspender las representaciones, ya monótonas, de ver a ciertos legisladores con kilométricos discursos, piezas oratorias que deben llevar sus buenas horas -por el fárrago de cifras, estadísticas, recordatorios, que contienen- para volcar en el micrófono de un recinto donde son muy pocos los que abren sus oídos al disertante, quedando cada cual en su trinchera, a menos que lo toquen muy de cerca en alguna crítica. Finalmente, y después de Zamora y sus desquites habituales contra los grandes, de los que enarbolan ácidas oposiciones y hacen oír hasta sus gritos: se llega a la votación, que está previamente acordada. Y punto. La propuesta de esta columna, en virtud de que hemos fundado la empresita «Poco & Nada» y vamos a meternos a consejeros, para el ajuste posible: es que el titular del recinto, sea en Diputados, como en Senadores, vaya directamente al grano. Diga: «muy bien señores, esto es lo enviado, los que están a favor que levantan la mano (y ahórrense los discursillos de compromiso)». Y nos acordamos nuevamente de Borges, cuando hablamos de discursos y de posiciones «comprometidas». Decía este hombre (por quien también se conocía a la Argentina, no solamente por Monzón y Maradona como se encargaron de difundir nuestros maestros de superficie), que: «Tengo entendido que sólo hay una buena y una mala literatura. Eso de «literatura comprometida» me suena lo mismo que equitación protestante...». Y estos discursos legislativos, ya nos dan la sensación de ese capitalismo izquierdista a que se quiere seguir jugando en el país. Todo abrochado, después hay que poner la obra en escena y seguir los pasos, como están marcados en el libreto. Aburren, cansan muchachos... Semana con ministerio cesante, gente de indudable segunda línea en toda su carrera, sonando como primeras figuras y algunos de ellos dándose el lujo de no aceptar el cargo (al que no llegarían ni en toda la eternidad, en un país normal). Pero, así están las cosas, y es otra señal que se agrega para medir nuestra decadencia: a la ya comentada de la huida en masa de bolivianos y peruanos, porque -decían al irse- les conviene más estar en sus países. En realidad, hace unos años que se vienen ocupando máximos cargos con funcionarios de segundo nivel en los escalafones políticos. Repasar el trayecto de un De la Rúa, o de un Duhalde, así como la de casi todos los que formaron sus gabinetes, es recorrer la galería de los segundones, o tercerones, dentro de la historia de la Argentina del último cuarto de siglo: la que nos sumió en este desastre. No hay tregua para nadie, vamos a bordo del tren fantasma y no nos podemos bajar. Ir arriba de una Bolsa, así, es como venir agarrado del pasamanos, del último vagón del tren fantasma: más que tratar de ver, se trata de no caerse del tren. Y es lo que todos hacemos.
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