1 de agosto 2002 - 00:00

Cupones bursátiles

El par de reacciones consecutivas en el NYSE vendiendo bonos del Tesoro para apuntalar acciones resulta clara muestra de la desesperación por un castillo que se erigió durante más de una década (arrancó el Dow Jones casi junto con el Merval, pero no se detuvo hasta arribar a la casi utópica cota de los 10.000 puntos) y que amenaza con ir cayendo piedra sobre piedra, para enterrar a los capitales más inexpugnables y a las mentes bursátiles más brillantes. Pero, lo decíamos en cada nota, lo más peligroso derivado del cimbronazo, que arranca en los propios huesos del sistema de Bolsa, es que estos desfachatados disfrazados de empresarios colocaron en una cornisa este tipo de inversión en todo el mundo. En todo el mundo. Y en la ocasión no se trata de hablar de «exuberancias» (como lo criticaba Greenspan hace unos años). No es por la clásica apostilla de «la feroz especulación...» Y no resulta un derrumbarse por madurez de ciclo, por el excesivo peso de los frutos que tanto jugo han dispensado. Es mucho peor, como secuela duradera y como imagen para los cientos de miles de familias -en los propios Estados Unidos- que poseían inversión en empresas, como quien lo posee en un bono, en un lingote, en una caja de seguridad que -además- rinde dividendos. Lo que aquí se destapó fue un alud de balances falsos, de quiebras enmascaradas y de toda una cadena de involucrados que se fueron sumando al juego de manera insólita, hasta llegar a la misma cúpula del máximo poder político. Desarmar un circuito que tanto se ha imbricado es como querer quitar fichas del medio de la torre de uno de esos juegos de construir, en base a la vista y el equilibrio.

Pero lo malo malo es que nuestra actividad preferida, la inversión favorita de los que estamos por esta sección, se fundamenta totalmente en
la credibilidad. No hay otra. La gente debe pensar que el futuro será mejor que el presente para que sus acciones valgan más. Pero también que las empresas en las que participa resulten cada vez más grandes y más rentables, nunca estafadoras. Nunca, siquiera, dudosas. Y si en mercados tan vituperados y tan escarnecidos como el nuestro, no podría causar tanta sorpresa un «fallido», un fugado, un desviado. Para el modo en que montan el show de los controles, de las transparencias, del poderío de mercado, de ser los «number one» donde todos quieren ir a invertir, para ellos debe ser terrible leer noticia tras noticia. Y esto puede activar el clásico telón que utilizan en el Norte los gobiernos mal heridos: hacerle la guerra a alguien. Buscar que todos se encolumnen detrás de lo bélico para que olviden las miserias como las de Wall Street y su corte de manga al mundo entero. Se nos dirá: pero allá ya hay gente «guardada» y pagarán muchos más. En cambio en la Argentina... Pero en contra de ellos está que son los líderes, deben actuar como predican o imponen, y no tener un visitante, cuestionado en su país, que nos viene como si se tratara del Papa, sermoneando. Ajjjj.

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