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26 de mayo 2003 - 00:00

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Es difícil solicitarle coherencia y armonía a la tendencia tan sensible de un mercado de riesgo, cuando no se tienen claras las nuevas metas y su modo de implementar los instrumentos. He ahí otra fórmula, que puso los pelos de punta durante la última década: hablar de mover la economía interna mediante «la obra pública». Velozmente hay que recorrer los libros de historia económica, porque los famosos economistas se pelean entre sí, para saltar de las páginas con su recetas y ver que se desempolven en el país. Adam Smith lo codea a David Ricardo, el «loco» Veblen se hace un festín cuando analiza lo que vino sucediendo. Le hace Friedman una zancadilla a Keynes (con tal de que Lavagna no le esté consultando tan seguido), y varios, de los de la escuela de Harvard, se han arrojado por los márgenes del libro. La confusión enorme que priva es lo que refleja el espejo de la Bolsa. Que tiene que operar todos los días, arreglarse los operadores como puedan y tomar, y desechar casi de inmediato, argumentos que se establecen.

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