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En el libro del «Centenario de la Bolsa de Comercio», realizado en 1954, hay unos párrafos denominados «palabras finales» que muy bien describen la realidad, después de festejos que fueron en aquel entonces también muy eufóricos. Decía: «Y vendrá después el 11 de julio. Signo de que la lucha cotidiana se reanuda, rumbo a la gran Argentina del mañana». Palabras que encajan perfectamente cincuenta años después, donde todavía se está esperando por la gran Argentina. Pero, además, arriba el día después de la celebración y todo sigue rodando como antes. La Bolsa debiendo procurarse su lugar, no perder lo que le queda, mientras no se le presta más atención que cuando se la precisa puntualmente: por caso, para venir a colocarle una sociedad estatal de energía y que el ahorro público la sustente. Lo mejor de esa minimaratón de festejos, que con muy buen criterio incluyó una reunión en la Rural para sus asociados, y preparada a conciencia, es que los 150 años tuvieron los ribetes adecuados. Medidos los actos, pero no escasos. Sin tirar la casa por la ventana, porque la situación general no da para ello, acorde con la magnitud de un sesquicentenario. Todo llevado en tiempo y forma, sin hechos desagradables -donde hoy en día, son de temer-y enfrentando la tarea desde el día después: para que próximas celebraciones vayan encontrando un mercado más robusto.




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