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10 de octubre 2006 - 00:00

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¿Quieren empezar a cambiar? Por de pronto, aunque muchos den por sentado que todo lo que viene detrás es progreso, hay que retornar a lo bueno del pasado. Por ejemplo, en lo que situó en el centro de la noticia de días recientes: la Comisión Nacional de Valores. Releer su carta fundacional de finales de los '60, cuando la entidad fuera instaurada por el entonces ministro de Economía Dr. Krieger Vasena. Puede decirse, sin temor a equivocarse, que antes de la CNV no existía nada. Porque lo que había era un resorte del Banco Central y que se denominaba Comisión de Valores, una simple oficina donde nada se controlaba debidamente y todo recaía en lo que pudiera hacer, y fiscalizar, la propia Bolsa de Comercio. La creación de la CNV fue muy bien estudiada y tomando ejemplos europeos -como Italia- y también la SEC de los Estados Unidos.

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Y la primera condición, fundamental para su actuación, era que poseyera carácter de «autárquica»: independiente de todo poder político de turno. Sus titulares debían cubrir siete años de mandato, aspecto que -curiosamente para nuestro medio- fue respetado por los sucesivos gobiernos, civiles y militares, hasta llegar a mediados de los 80, y hacerle el primer daño serio cuando debió renunciar Pablo de Estrada (indudablemente presionado desde el poder político, por estar investigando cuestiones que afectaban a personajes amigos del mismo poder). Allí, para nosotros, comienza la cuenta regresiva y para terminar -previo paso por decisiones funestas de los 90- casi en el mismo lugar que aquella primera Comisión de Valores. Nada, más que ahora no es resorte del Central, sino de Economía, pero habiendo dejado por el camino lo imprescindible: la autarquía.  


A esto se le deben agregar la falta de actualización en sus normas, para sumariar y penalizar debidamente los desvíos, más una serie de «usos y costumbres» de otras partes que se permitieron institucionalizar en nuestra operativa y que es muy discutible que hayan sido un avance (para nosotros, un retroceso y que abrió otras brechas para emplear «picardías» empresarias).

Ahora hemos visto de qué modo, de un plumazo, se vuelve a ir un titular de CNV e ingresar otro (y con ligeros fundamentos que alcanzaron a leerse en los medios).

Si quien debiera ser una entidad rectora del sistema, vigilante rigurosa del mismo, defensora de los derechos del inversor minoritario, se ve manoseada tan de continuo por cada gabinete de turno, las esperanzas de dar vuelta la decadencia que nos invade van quedando deshechas: ante cada nuevo ejemplo de la escasa importancia que se le da. Y siempre con la ruleta rusa de no estar seguros si llega un ejecutivo idóneo y brillante, o un simple beneficiado con el cargo. Grave.

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