Cualquier columna dedicada a lo bursátil no puede pasar por alto lo acontecido el pasado viernes: cuando el ambiente se enteró del fallecimiento de Juan Bautista Peña. Presidente de la Bolsa de Comercio en tres períodos que fueron muy resonantes en la historia del país, sus comienzos nos conectan totalmente también por otra faceta. Porque en sus inicios llegó como «periodista acreditado», representando al diario «La Prensa», para participar luego de modo pleno en el destino de la entidad bursátil. El primer mandato lo cubrió entre 1960 y 1965 en el quinquenio ya turbulento, que empalmó la presidencia de Arturo Frondizi con la de Arturo Illia. Y ya a casi medio siglo de ello, era uno de los que habían vivido desde adentro el espectacular boom de la Bolsa, con el advenimiento del «desarrollismo».
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Tiempo donde, por única vez, el recinto porteño supo tener más de 600 empresas listadas y -varias de ellas- llegando a valer cientos de dólares por acción.
Incansable luchador político en las feroces internas de la Bolsa, cubrió otro período -muy distante del primero- en el lapso de 1987 a 1992. Y allí Peña, como cabeza de la entidad, también vivió plenamente las agitadas aguas de un país cayendo en la «híper», el tándem de Alfonsín a Menem, el traumático día del Plan Bonex (cuando los precios cayeron 50% en una rueda). Y a continuación, la explosión de otro boom -con la convertibilidad- y el Merval tocando la cima histórica que todavía mantiene, en dólares. Y, como en los 60, antes de finalizar el mandato debió asistir a la caída tremenda de esos ciclos espectaculares, pero breves.
Por último, como para rematar un curioso designio en la ejecución de sus presidencias bursátiles, Juan Bautista Peña cumplió una tercera etapa -también lejos de la anterior- al asumir el cargo entre 1999 y 2002. Otro período de enorme turbulencia en el país, el final de Menem, el surgir de la Alianza, otra zona de desastres económicos y sociales. Para rematar con la «crisis» y todo lo derivado de ella.
Necesariamente había que ser «piloto de tormentas» para presidir la Bolsa en semejantes momentos argentinos y con los sucesos del contexto. Y de Peña diríamos, simplemente, que lo era. Con las virtudes y los defectos que suelen encerrar las personalidades elegidas para tales roles, no es necesario dispensarle elogios «post-mortem» (ni los hubiera deseado). Era un hombre que no precisaba de entrelíneas ni segundas intenciones, con la primera bastaba. Frontal, apasionado, testarudo para defender lo que pensaba: el perfil justo de los que cultivan amigos y seguidores, así como enemigos acérrimos (también seguidores, en tal postura).
No caben dudas de que se ganó, con creces, un lugar importante en el historial bursátil argentino. Y que en los últimos cincuenta años de Bolsa, el nombre de Juan Bautista Peña siempre estuvo presente. Y no es poco.
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