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27 de diciembre 2007 - 00:00

Cupones bursátiles

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Derivados... derivados. Parece ser la palabra clave, alrededor de la cual el mundo bursátil y financiero ha visto formarse las enormes olas que -periódicamente-los han tapado de agua y viendo tierra arrasada. El asunto es que, como siempre, los genios de la época -generalmente gente joven, que está entre los 30 y 40 años, no más-que construyen la torre de naipes: posteriormente dejan todo librado a que las entidades y los bancos centrales de los países, acudan al salvataje de una fantasía que se ha estrellado.

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La otra vez nos preguntábamos qué diferencia, a no ser de la simple forma y de las herramientas, tiene esta crisis del sector inmobiliario y los préstamos livianos a personas insolventes para afrontarlos, con la famosa fórmula que había creado Carlo Ponzi -que quedó en la historia como «el sistema Ponzi»- con lo que se llamó la «cadena de la felicidad» y que ya originara un gran desbarajuste en la economía norteamericana del primer tercio del siglo anterior. Se podría ir mucho más atrás, llegar hasta la época de Law y su ingeniería para salvar las finanzas de Francia, apalancando con minas de oro de América: inexistentes. Más aquí en el tiempo, con el terrible desplome de 1987 y donde -después de hacerle la autopistaa los japoneses había quedado claro que el frenesí de los «derivados» en el NYSE, había resultado el virus mortal de los mercados.

Ni qué hablar del tan agresivo sistema de los «bonos-basura» y de la locura de las OPAS salvajes, que pusiera a casi todas las empresas en jaque en Estados Unidos: hasta que todo explotara malamente. ¿Y el crac de las «tecnológicas», de años recientes? Apalancamientos en el aire, bonos sobre bonos, derivados a granel, la intromisión del sistema bancario que -lejos de cumplir con sus leyes de oro-entra por el aro de las grandes ganancias fáciles y participa activamente, de todo lo que se geste por las mentes más febriles de Wall Street y aledaños.  

En la teoría, todos los negocios «cierran» bárbaro, es como una larga cadena donde nadie se queda con la pérdida y: todos ganan. Un infantil juego de «la perinola» en la que hasta los más avezados participantes de mercados terminan por volver a creer. La magia está en cambiarles las denominaciones y los instrumentos, aunque -en el fondo, que es lo que sirve-todo sea como siempre.

Nuestra Bolsa tenía pensado adaptar un sistema que provenía de España y de Brasil, entre otros, donde en el circuito de inversor y bancos se podía asegurar a los primeros, que en el juego accionario ya no existiría el riesgo a perder. En cierto momento, se nos ocurrió preguntar que si todo iba mal en el mercado -muy mal-¿quién se quedaría con la pérdida? La idea era que: nadie. Viendo el devenir de 2007 y todo el desastre que siguen en el mundo, nos preguntamos: qué habría pasado.

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