«Lo peor de la crisis quedó atrás...», parece que dijo ahora -un tanto voluble- nuestro siempre requerido Alan Greenspan. Claro que exclusivamente esa frase se utilizó en los titulares de los medios, también en el nuestro, cuando no quedó sólo en eso la opinión. Porque en la conferencia que dio en Nueva York también dejó sentado que «es probable que el crecimiento de la economía de Estados Unidos se mantenga débil y por un período prolongado de tiempo». Lo que hizo un promedio de los dos conceptos fue una frase de remate, donde Greenspan manifestó que «hay pocas posibilidades de que el peor escenario se manterialice...». Sucede que cotejado con sus propias expresiones cercanas o con las de muchos otros que poblaron los medios estos meses, hasta sonó a cosa agradable que el hombre dijera que -en apariencia- puede que no se caiga a un cráter más dramático. Igualmente luce como extraño que pasara a una frecuencia « light» después de haber sido el gran delator de que la marcha se venía. No dio demasiados detalles, por ejemplo el saberse de dónde observó que en unas semanas el escenario haya variado tanto. Y al mencionar «el peor escenario», no le coloca nombre y apellido al supuesto peligro mayor. ¿Sería la recesión? O peor todavía: ¿podría resultar la inflación con recesión? Esto se lo guardó en su maletín (seguramente, mientras pasaba a cobrar regios miles de dólares por otra de las conferencias contratadas).
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En tanto, venía junto con aquello otra novedad de funcionarios que siguen preparando otras invenciones con tal de ahuyentar a los buitres que revolotean por la economía. Y en voz de Henry Paulson (a quien siempre recordaremos en los inicios de esta crisis, asegurando que «no afectaría a la economía real»), el gobierno de Bush se dispone a verdaderos «cheques voladores», aterrizando en hogares comunes en un «plan de estímulo». Serán otros u$s 100.000 millones los que se derramarán y estaban imprimiendo frenéticamente los cheques: los que serán de u$s 600 de máximo, por cabeza, con otros u$s 300 por hijo. La estrategia es tan simple, como de aire inocente, porque a través del dinero regalado se supone que los ciudadanos acudirán al consumo. Y que esto hará girar las ruedas de la economía.
Desde aquí, también con inocencia, nos preguntamos qué sucederá si es que en vez de gastarlo, las familias deciden guardarlo, como pequeño respaldo, frente a la inestabilidad que se les ofrece. Una especie de match consumo vs. temores, donde acaso se apueste a un gran éxito -moviendo a la demanda desde el Estado-, pero que podría ocultar un inesperado fracaso.
Como postre, otros 50.000 millones de dólares serán anotados en la extensa columna del déficit, que se utilizarán para favorecer a empresas. Maquinita a «full».
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