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6 de noviembre 2008 - 00:00

Cupones bursátiles

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Se sigue sin ver nada claro, lo único que cambió fue el signo de los indicadores, en el mundo y aquí. En paralelo, se produjo un eclipse de la palabra «crisis» en los medios, figura excluyente en cada semana de estos meses. Habría que volver a utilizar una metáfora, tan adherida a los remanidos comentarios de los jugadores y técnicos del fútbol: «No éramos tan desastrosos antes, ni somos los mejores ahora» (jugando con las críticas y los elogios que se dispensan -según el resultado- a los equipos).

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Y si resultaba demasiado extremo lanzar todo por la ventana cuando los índices venían derrapando, el peligro de hoy es que aparezca un exceso de confianza, injustificada, en creer que todo lo malo quedó en el tiempo y a lo lejos. Si habrá una bisagra que abra un rumbo de esperanza en lo que hace a la economía de Estados Unidos se deberá verificar cuando el nuevo presidente se instale en la Casa Blanca. Y sabiendo que lo que diga, y haga, de entrada será fundamental. Si el barco se le va mar adentro, muy difícil será enderezar el rumbo, con gente que estuvo esperando con el corazón en la boca.

Pero, en lo interno, todo parece estar en estos días «demasiado bueno para ser cierto». Los bonos recuperando, el dólar más sujetado (sogazos al margen), las acciones floreándose en fuertes repuntes diarios.

Suelta un tufillo, desde el fondo del mercado, como a que hubiera una actitud concertada -dirigida desde arriba- para que las aguas se encalmen, los nervios se suavicen, hasta conseguir sin mayores tropiezos que salga la ley llevándose a las AFJP para casa.

Y si uno piensa que se debería aguardar qué sucederá en el Norte, con sus nuevas autoridades y lo que hagan, lo mismo merece de cautela el no pasarse de entusiasmo, con un bajar sumamente súbito de tensiones en los distintos activos. Las acciones no son mejores en estos días que lo que eran en esos días donde se acumuló casi 30% de baja en una semana. Los balances no pintarán mejores solamente porque un precio terrible del papel cotizante haya mutado en otro con buenas diferencias consecutivas.

Afortunadamente, han desaparecido del todo las burdas comparaciones entre la crisis actual y la Gran Depresión de 1930. Solamente se adelantan secuelas, lógicas en una contracción de la exuberancia, acerca de pérdidas de puestos de trabajo y desagio en muchos bienes, como consumismos más austeros. ¿Y qué otra cosa cabía esperar? De lo contrario, no se estaría hablando de crisis. Salvo para nuestros sindicalistas, siempre en otra dimensión, en el mundo se sabe que el crecimiento continuado (imposible de sostener) se hará lucha por no decrecer.

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