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Allá por 1989, antes de que Carlos Menem asumiera la presidencia, el economista y luego canciller Guido Di Tella vaticinaba un dólar «recontraalto» para el nuevo gobierno. Resultó al revés con la convertibilidad. Pero no importa: un tipo de cambio «recontraalto» es el sueño de cualquier ministro de Economía que quiera vivir una gestión calma y placentera, sin especulación cambiaria.
Tremendo «colchón», como tienen hoy Duhalde-Lavagna prácticamente, los pone a resguardo de todo.
Adalbert Krieger Vasena, en 1967, con devaluación en un día de 42% o Federico Pinedo, en 1962, con 35% lo encararon así, apenas asumieron, pero ni cercanamente el sobreprecio de 200% que tiene el gobierno actual.
Que un ministro de Economía y un presidente vivan cómodos con tal mullido «colchón» cambiario tiene un precio muy alto en el desarrollo de un país. Siempre sucedió así.
La gente común cree que un dólar tan caro como el de hoy «afecta a los que quieren viajar o vacacionar en el exterior y fomenta el turismo interno, que es algo bueno». Es cierto, sin duda, pero es tan «bueno» eso como decir nunca me contagio un resfrío porque todos los días salgo a la calle vestido de buzo, escafandra y portaoxígeno incluido. Es «bueno» pero anormal.
Es óptimo que se viaje o veranee menos en el exterior y que le cueste al que quiera intentarlo. Pero no es lo principal. Un dólar «recontraalto» (hoy) prácticamente cierra, impide, traba la importación de tecnología, la actualización, el suplantar el desgaste del que fuera un poderoso aparato industrial y productivo argentino en general, hasta arriesgar transformarlo en obsoleto y fuera del standard internacional. La «convertibilidad» con dólar barato nunca desalentó tanto las exportaciones del país como hoy desalienta el dólar «recontraalto» para importar repuestos y traer tecnología de última generación o cercana.
Vale la pena recordar que hacia 1995 los obreros de General Motors en Canadá hicieron una protesta a la empresa «porque nos están dejando aquí con tecnología menos moderna que la planta instalada en Rosario, Argentina».
Dijo bien Prat-Gay, el nuevo titular del Banco Central, que «salir de la convertibilidad se hizo mal y tardíamente». De lo de «mal» no puede quejarse porque él fue llamado por Domingo Cavallo y no aceptó, precisamente para lograr una salida ordenada. Tardíamente es un mal de los gobiernos en los últimos 6 años, incluidos los dos o tres últimos de la gestión de Menem. No es cuestión de volver al 1 a 1 pero tampoco un dólar a $ 3,50 porque atrasaremos el país, perderemos eficiencia productiva, tendremos cortes de luz como antes, telefonía que envejecerá y menos empleo porque el país retrocederá a su etapa agroexportadora como hasta los años '40.
Lo óptimo es un dólar realista, no «recontraalto» ni 1 a 1 que no desaliente las exportaciones pero que tampoco nos lleve a la Edad Media en equipos. Claro, moverse en esa cuerda, sobre el precipicio a uno y otro lado, es riesgoso, difícil y no dejaría dormir cómodos ni a Lavagna ni a Duhalde ni al nuevo funcionario Prat-Gay que pueden quedarse cómodos y hasta retirarse con cierta fama dentro de 170 días y el que venga se arregle. Porque los males de esta paridad irreal peso-dólar no se ven en la superficie. Pero aflorarán. Sin duda.
Debe interesar a los argentinos quién va a sustituir en Brasil como presidente del Banco Central al legendario economista Arminio Fraga. Porque en esa designación -con varias figuras que se negaron a ocupar el cargo-se define la política a encarar por esa incógnita que significa hoy Lula mandatario electo.
Lo que haga Brasil sí puede preocupar al dólar en la Argentina. No Pignanelli ni su sustituto Prat-Gay. Con que éste cuide la emisión monetaria, sepa comprar o vender dólares en el mercado con habilidad para restarle especulación y jugar bien con emisión de Letras bastará. El drama oculto del dólar caro no los afectaría.
De su paso por la Argentina y Chile, de los comentarios desde Brasil y Estados Unidos, donde ahora está, hay quienes creen vislumbrar una táctica hábil de Lula, presidente de su país desde el 1 de enero próximo.
Internamente podría hacer una política muy moderada hacia Estados Unidos y el Fondo Monetario ya que, en definitiva, se comprometió con los otros precandidatos a respetar normas estrictas por las cuales Brasil recibió 6.000 millones de dólares del Fondo y espera recibir 24.000 millones más y no es cuestión de arriesgar. Aparte, con una deuda pública enorme, muchos vencimientos de pagos el año entrante y un dólar siempre saltando para arriba ante cualquier gesto suyo que despierte sospechas sería suicida que, al menos inicialmente, se aparte de la moderación.
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