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11 de noviembre 2008 - 00:00

Esta crisis se resolverá en menos tiempo que la del 29

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Cuando la crisis internacional, o tal vez global, confirma que ninguna nación puede eludir sus consecuencias y que aquella temeraria afirmación que limitaba los alcances de lo que sería una verdadera epidemia se desvanece, queda en pie la cuestión de saber por donde pasa el liderazgo para encauzar, arbitrar o solucionar un desequilibrio que puede cobrar muchas víctimas y dolorosas pérdidas patrimoniales para ricos y pobres.

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La verdad es que la crisis que nos envuelve y conmueve, hacía tiempo que daba vueltas. Faltaba un detonante y el epicentro geográfico donde la tragedia irrumpiría. La alarma volvió a sonar en los EE.UU., si se prefiere a mediados de 2007 y ruge y encuentra partida de nacimiento formal hace pocos meses. Desde primeros auxilios a entidades financieras, hasta clausuras de iconos como Lehman Brothers, subsidios, nacionalizaciones, desaprensiva liquidez, asignaciones gigantescas de fondos para fines específicos, extenuantes intervenciones parlamentarias, tele conferencias oficiales y privadas, dan la medida del susto.

En principio se creyó que los mecanismos psicológicos y reales de transmisión no operarían en el resto del mundo, salvo proyectando algunos ajustes de emergencia ideados para enfrentar rupturas de equilibrios parciales en plazos cortos. Esta errónea conclusión denuncia una severa limitación técnica. En efecto, si la globalización, sobre todo financiera, da la nota distintiva del mundo moderno, por cierto, entre otras cosas, resultaba lógico que el derrumbe del sistema financiero más poderoso del mundo no resultaría inocuo. Y así sucedió.

Cuando la globalización de la crisis era irrefutable, los europeos, encabezados lúcidamente por el presidente Sarkozy, tomaron conciencia de las consecuencias del fenómeno y formularon iniciativas para encarar un tema que venía con fuerza imprevista. Algunos creyeron que la ocasión era propicia para zafar y para revalidar antiguas glorias, aquellas que protagonizó el Viejo Mundo mientras el poder mundial presentaba otra configuración. Desgraciadamente las cosas no son así.

Esta crisis que, Dios mediante, se resolverá en un tiempo razonable, o mucho más breve que la del 29 del siglo pasado, renovará seguramente el liderazgo norteamericano por unos cuantos años. Para evitar suspicacias, la afirmación no supone sino una evaluación objetiva de las relaciones de fuerza y de las alianzas que configuran hoy la geografía económica y si se quiere militar del planeta. Además, influye en esa opinión la capacidad de generación de tecnología y de innovaciones que son las que monopolizan la primacía en el mundo moderno.

Aquí no caben enfoques nostálgicos. La realidad es que los EE.UU. constituyen una unidad nacional tan inquebrantable cuanto más severos son los desafíos. El aguerrido instinto de interés nacional supera diferencias y convalida todo aquello que lo consagre en obsequio de un valor superior. El triunfo de Barack Obama y la resistencia de los legisladores oficialistas contra una iniciativa presidencial dirigida a enfrentar la crisis, confirma que las lealtades tienen límite. No sobreviven si desafían al «destino manifiesto».

Europa, en cambio, todavía no logra consolidar un proyecto de firme y convincente unidad política en el plano internacional. Sin este presupuesto esencial, las dificultades para ejercer algún liderazgo se evaporan, simplemente por razones prácticas fácilmente entendibles. Rusia, China y Japón, por ostensibles motivos, tampoco se encuentran en condiciones, al menos por un tiempo, de aspirar a ejercer hegemonías que demandan demasiadas consideraciones productivas, tecnológicas, financieras, científicas y militares que los norteamericanos monopolizan y atesoran sin rivales a la vista.

Entrar en detalles excedería el espacio disponible. Pero pongamos el caso de Europa, subrayando sólo lo indispensable para asumir una función tan trascendente como la de transformarse en líder político mundial, lo cual conlleva entre sus rasgos capacidad para administrar un fuerte poder de disuasión y de arbitraje. El mayor condicionamiento lo delata la falta de una Constitución como instrumento jurídico-político. Este debería definir los objetivos políticos, económicos y sociales, además de los cursos de acción y distribución de competencias entre los veintisiete miembros de la organización.

Si bien es cierto que existen instituciones comunitarias que en arenas específicas desempeñan rectamente sus funciones, no lo es menos que algunos fraccionamientos denuncian serias restricciones y potencian inconvenientes incertidumbres. Quizá es en materia monetaria donde reside una restricción no menor. De los veintisiete miembros sólo quince adhieren al euro. El resto conserva sus signos monetarios históricos con indiscutible fidelidad, como en el caso del Reino Unido, que conserva firmemente su apego a la libra esterlina.

Con motivo de la actual crisis y de la necesidad de encontrar soluciones consensuadas, ha quedado patéticamente documentada la dificultad que acompaña la pronta búsqueda de políticas enderezadas para salir cuanto antes del flagelo. Por ejemplo, Sarkozy con rápidos reflejos se apuró a definir una agenda que no satisfizo a sus pares, aunque el presidente de Francia estuviera a cargo pro témpore de la Unión Europea.

Con respecto a la reunión del 12 de octubre y a la iniciativa de reuniones periódicas entre los miembros de la eurozona, por ejemplo, se formularon dos observaciones de no menor entidad. La primera sospecha, que la tentativa apunta a recortar la independencia del Banco Central Europeo, cuestión que los miembros no comparten, afirmando que ello fue innecesario desde la creación del euro en 1999. Por otra parte, una decisión tan parcial dejaría afuera a los otros doce miembros, lo cual debilitaría más a la organización.

Lo más curioso y contradictorio es que aquella reunión de octubre contó con la presencia de Gordon Brown, el premier inglés, quien paradójicamente fue uno de los más activos participantes en las discusiones, aunque su país sea miembro de la Unión Europea, pero no de la zona monetaria cuyos intereses estaban en debate. Para colmo de surrealismo y para confirmar las dificultades que la asociación conlleva, vale la pena recordar que el año próximo ocuparán la presidencia rotativa de la Unión Europea dos países que como el Reino Unido son parte de la UE sin relación con el área monetaria que es la que demanda intervención y acciones mancomunadas. Es el caso de la República Checa y de Suecia.

Bien, estas breves consideraciones, sin necesidad de profundizar el tema del porvenir de los liderazgos internacionales, resultan altamente ilustrativas para exhortar cambios en el Viejo Mundo, por cierto siempre que mediara alguna disposición para regir o compartir la dirección de los asuntos mundiales, cuestión que sería altamente provechosa para el resto de la sociedad humana. Si ello no sucediera, da la impresión de que el país de Obama seguirá en la vanguardia por un tiempo, cuya duración también descansa en la aptitud y voluntad del resto para variar las cosas.

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