Trascendió ayer que uno de los principales temas que tratará el presidente Néstor Kirchner en su imprevisto viaje a Venezuela sería lanzar un gasoducto que uniría Caracas con Buenos Aires a un costo de 10.000 millones de dólares, obra que no sería criticable de por sí, es lógico, pero suena a una quimera. Sería el mayor ducto existente en el planeta, y los dos gobiernos que lo acordarían no se han destacado por su seriedad, aunque ambos avanzan por excepcionales precios y demandas externas en sus principales riquezas, alimentos y petróleo.
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Hasta esta semana, se sabía que Kirchner sólo iba a viajar a Francia antes de concluir el año, pero de pronto apareció la repentina y anticipada travesía a Caracas. Hay quienes imaginaron un propósito de contención del argentino sobre su colega por las últimas complicaciones entre vecinos (pleito con México). Al menos, siempre se habló de que Kirchner se ocuparía de intermediar ante posibles excesos del militar venezolano o si se descarriaba la situación en Bolivia. Habrá reuniones entre los dos, seguro.
Otros insinúan que el periplo esconde el objetivo de organizar una serie de negocios conjuntos para presentar, luego, en el cónclave del Mercosur que se realizará en diciembre, en el Uruguay. Y, también, firmar contratos sobre venta de tractores y servicios del INTA. Por último, hay quienes sospechan que, además del intercambio de afinidades políticas entre los dos jefes de Estado, ambos se entusiasmarán con la iniciativa de un megaproyecto que también involucra a otros países: un faraónico gasoducto que nace en Venezuela, cruza Brasil, se desvía al Uruguay y finaliza en la Argentina. Unos 6 mil kilómetros que no registran antecedentes en el mundo.
Este emprendimiento tan vasto -de costo no inferior a los 10 mil millones de dólares-, que supone la integración con otros ductos ya instalados, fue una idea largamente conversada por el ministro Julio De Vido y su par de Venezuela, en la cual trabajaron especialistas de Chávez y este mismo, además de discutirla en Mar del Plata con las autoridades argentinas, el pasado fin de semana lo expuso en una presentación.
Por supuesto, al respecto existen opiniones diversas.
Unos lo imaginan estratégico por las reservas oceánicas de ese país caribeño, consideradas una de las fuentes más grandes del mundo, que garantizarían energía para el sur del continente (más que para el Norte). Y que, como el gas de Venezuela se genera geológicamente asociado al petróleo -al revés de otros yacimientos de la Argentina-, el costo de extracción sería menor ya que podría imputárselo al otro fluido. Otros especialistas, en cambio, afirman que esta iniciativa es demasiado ambiciosa -de largo plazo, inevitable técnicamente para las tareas de factibilidad-, a un costo exagerado por el momento (algo más sencillo, como el anillo energético con Perú se ha desactivado por lo caro) ya que la unidad de gas se debería vender, por ejemplo, a 8 veces de lo que hoy cuesta en la Argentina.
Más bien, suponen su divulgación como algo más político que económico.
Habrá que esperar al domingo para conocer esta realidad del viaje de Kirchner a Caracas para entrevistarse con Chávez. Pero aun si se comenzara ese larguísimo ducto tardaría años y quizá nunca se finalizara. De ser así habría un beneficiado que no sería la Argentina sino Brasil: cualquier interrupción o estancamiento de la obra sería cuando ya entró a territorio brasileño y le aportaría gas, aunque nunca o muy tarde en años llegara el fluido a la Argentina -menos a Chile- pese a que desde el arranque aportaría a su financiamiento.
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