En las próximas semanas se va a terminar de develar la incógnita sobre si la próxima gestión de gobierno va a intentar el retorno de la Argentina hacia un pasado caracterizado por una economía cerrada, con instituciones económicas de muy pobre calidad y atrapada en el laberinto del estancamiento y la inestabilidad. La baja calidad institucional es sinónimo de inestabilidad contractual y tiene como efecto deletéreo un nivel de inversión privada muy bajo. En una franca negación a intentar resolver este problema, los anuncios recientes apuntan a que el retorno de la inversión pública actúe como motor del crecimiento. En principio la inversión pública es necesaria y la provisión de infraestructura en países como la Argentina tiene que ser un área de importante intervención estatal. El error no es la inversión pública en sí, sino en no ver que la misma va a contribuir sólo en la medida que renazca la inversión privada. Confundir crecimiento con inversión pública es un error que ya nos costó muy caro en la Argentina. Nos estamos olvidando de la experiencia internacional y de nuestro propio pasado desastroso en materia de crecimiento porque no podemos, no sabemos o no queremos restablecer la calidad institucional y contractual en la Argentina. Esta es la verdadera tarea de un gobierno: mejorar las instituciones y bajar los costos de transacción para que vuelva la inversión genuina junto con el empleo genuino.
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