7 de mayo 2002 - 00:00

Las retenciones son peores hoy que en los '80

La nueva imposición de retenciones merece analizarse desde diversos ángulos y comparar la actual situación con las vividas en el pasado. Si bien todo parece ser igual, la realidad es bien distinta, ya que las retenciones de hoy no son iguales a las que se dejaron de aplicar una década atrás.

La diferencia no reside en la forma de liquidación -que parece que se solucionará-, tampoco en los niveles de aplicación, sino en un detalle, casi imperceptible a primera vista, pero que convierte a estas retenciones en un instrumento mucho más cruel que las aplicadas en el pasado.

Si 15 años atrás hubiera dicho lo que voy a decir ahora, seguramente el sector agropecuario me hubiera denostado, pero en el cuadro de situación actual vale la pena mencionarlo, analizarlo y procurar generar conciencia del costo efectivo que van a tener estas retenciones, perversas de manera general pero mucho más de manera particular.

• Efecto bajo

Me animo y voy al punto: las retenciones del sector agropecuario de la década del '80 no las pagó el sector agropecuario, sino el conjunto de la comunidad. Esto, que no las hace menos peligrosas, significa simplemente que el efecto de las retenciones en esa época era mucho más bajo que lo que el nivel de las mismas suponía. La explicación es muy sencilla y puede analizarse fácilmente, con un poco de paciencia.

Desde que se implementó el sistema del ingreso anticipado de divisas para la prefinanciación de exportaciones en 1977, combinado al principio con la famosa «tablita cambiaria» y posteriormente con diversos instrumentos que permitían asegurarse el cambio futuro, el negocio agrícola de los ochenta en la Argentina logró lo que en otro lugar del mundo hubiera sido una extravagancia, ya que cualquier exportador podía comprar caro, vender barato y ganar igual. El secreto residía en la inflación.

El ingreso anticipado de divisas, que en el sector oleaginoso llegó a superar los 500 días, con colocaciones financieras a altas tasas de interés en dólares, permitía esta paradoja, que hacía de la exportación agropecuaria un negocio netamente financiero. Las utilidades en dólares por las colocaciones de las divisas en el mercado financiero eran de tal magnitud que los dólares necesarios para comprar los granos al momento del embarque eran sensiblemente menores que los ingresados al país al inicio del período de prefinanciación.

Lo importante era, entonces, cargar, cargar y cargar para cumplir -en tiempo y forma- con la cancelación de la prefinanciación. Por lo tanto, la utilidad operativa se minimizaba frente a la brutal utilidad financiera. Si se pudieran observar las series de precios FOB de la época para un día determinado y las comparásemos con el precio en el mercado interno del mismo producto para el mismo día, seguramente percibiríamos que el precio del mercado interno fue igual o superior al del mercado FOB.

¿Que sucedía? Que el precio era lo de menos, la utilidad operativa no era importante y para graficarlo mejor, los operadores comerciales (traders) tampoco eran importantes, lo único importante era cumplir en el embarque con los plazos de la prefinanciación sin importar el precio, porque la utilidad financiera cubría cualquier pérdida operativa.

• Diferenciación

Decir esto, que en aquella época me hubiera costado serias críticas, hoy permite mostrar la dureza de las actuales retenciones, que en un cuadro de total incertidumbre, con un sistema financiero destruido y sin instrumentos creíbles, hace que el sector soporte hoy el peso total y real de este impuesto, sin los bálsamos del pasado.

Al mismo tiempo es que, teniendo en cuenta lo obvio, «el claro sesgo antiexportador de una medida como ésta» -en un momento en que el país necesita incrementar sustancialmente sus exportaciones-, y comprendiendo el cuadro macroeconómico general, es prudente comenzar a diferenciar -como lo manifestara el presidente Duhalde- distintos tipo de productos para los cuales la aplicación del gravamen es un «pasa o no pasa», en el negocio exportador.

Ejemplos puede haber muchos, bastaría con listar los productos de las economías regionales para repasarlos, pero voy a citar sólo uno como muestra del daño que se produce a un sector y del beneficio nulo para las arcas públicas: los productos orgánicos. Estos resultan de cultivos sin agregados de sustancias de síntesis químicas, herbicidas, fertilizantes, etc. y contienen un set tecnológico y un valor agregado asociado a estas tecnologías que se diferencian a través de certificados emitidos por autoridades competentes.

• Nicho interesante

Las exportaciones de productos orgánicos rondan los veinte millones de dólares, pero es un nicho de mercado muy interesante, en pleno desarrollo, donde la Argentina viene imponiendo sus ventajas competitivas.

Por esta razón tiene un gran potencial de expansión, en un mercado con un crecimiento muy superior al de los alimentos en general. Este potencial puede ser capitalizado promoviendo el desarrollo de estos mercados «nicho», que brindan valor agregado y permiten diferenciarnos del mercado de commodities, como lo han hecho los países desarrollados con muchos de sus productos.

La diferenciación en este caso y el análisis particular son fundamentales. Por otra parte, el control es sumamente sencillo y evitaría posibles filtraciones, ya que el requisito de exportar con la presentación de un certificado expedido por las empresas certificadoras autorizadas por el SENASA es un filtro sólido y a priori insuperable.

Este ejemplo es sólo una muestra de la necesidad de realizar un análisis pormenorizado, de diferenciar en el abanico arancelario, los distintos productos, fundamentalmente los de las economías regionales, para los cuales retenciones es sinónimo de quedar «fuera del partido», y de alguna manera atenuar el efecto perverso que esta medida tendrá en el conjunto del sector.

(*) Ex director de la Fundación Exportar

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