El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
A esa hora, mientras Eduardo Duhalde estaba con José Pampuro, Alfredo Atanasof y como invitado Antonio Cafiero, entró la primera llamada del ministro viajero: transmitió noticias poco alentadoras. Según dijo, no había sido feliz el último encuentro con los directivos del FMI, tanto que un representante alemán -molesto-se retiró del encuentro. Parecía imposible, por lo tanto, acordar siquiera un comunicado conjunto anticipando un eventual acuerdo (la aspiración argentina o, más precisamente, de Duhalde) ya que las discrepancias entre las partes eran difíciles de salvar: sobre 60 ítem del acuerdo, sólo en 30 se habían alcanzado entendimientos. Para Lavagna, sin embargo, en la mayoría de las diferencias había cuestiones formales -»el repaso técnico ya se ha hecho bien varias veces»-, pero quedaban puntos de compleja solución. Al menos, para su ministerio.
Como siempre dice el gobierno, utilizando el lenguaje de Oscar Bonavena, la gente del FMI había vuelto a «mover el banquito» y exigía nuevos compromisos. No todos de igual envergadura. A saber: impedir que el Congreso vuelva a tocar la Ley de Quiebras -proyecto inspirado en el monopolio «Clarín» que habían impulsado algunos diputados opositores que trataron de sesionar con quórum propio-y, fundamentalmente, rever la nueva suspensión de las ejecuciones, bajo el justificativo de que se volvió a alterar la normalidad jurídica y no había ningún elemento sustentable que explicara la promesa de que en febrero o marzo se restituiría ese derecho de los acreedores. Por el contrario, hasta piensan que hacia el futuro será más dura e improbable esa reivindicación legislativa ya que estará sometida a los intereses propios del futuro avance del proceso electoral. Bajo esas condiciones, cree el organismo, la Argentina no recuperará el crédito en ninguna parte.
También se pide con menos rigor alguna fecha para la sanción del presupuesto 2003 (algo que no figura en la cabeza del Presidente y en lo que Lavagna, por cuestiones personales, sospecha que tendrá más de un problema), la eliminación de los planes de competitividad instalados por Domingo Cavallo y la promesa de que no habrá moratorias impositivas. Tras este diálogo, quedaba el interrogante: ¿se pagan o no al día siguiente los 805 millones? Duhalde dijo que hablaban dos horas más tarde y se puso a conversar con sus amigos, no citados exactamente para estas cuestiones (además, poco y nada pueden aportar).
Si se paga ahora y no hay acuerdo, será necesario enfrentar nuevos vencimientos en diciembre mucho más apremiantes en montos (925 millones). O sea, como el cuento africano del «dunga dunga o muerte», siempre «dunga dunga», concluyeron. Mejor, entonces, cambiar la idea original de desembolsar reservas. Además, se convino, ésta no es una cuestión sólo de Duhalde -ya que atañe al Congreso-y, por lo tanto, convoquemos a los gobernadores y que entre todos se decida si se quiere continuar con los organismos internacionales o no. El hecho de suspender el pago de 805 millones y colocarse en default formal será un acicate para los jefes provinciales y sus delegados en el Parlamento, quienes saben que en el futuro ya no se podrán pagar los sueldos. A las 11, entonces, Duhalde acordó con Lavagna no pagar pero no romper la negociación mostrando una «luz» (jerga lúdica) de 79 millones por los intereses como muestra de buena voluntad.
Dejá tu comentario