11 de octubre 2010 - 00:00

Al mal tiempo, Wall St. ofrece una buena cara

José Siaba Serrate (Economista)
José Siaba Serrate (Economista)
¿Vidas paralelas? La economía de EE.UU. destruye ocupación, y la Bolsa resplandece con sus mejores galas. Invariablemente, la nómina total de empleos se recorta mes a mes y, desde la cima de la recuperación en mayo, ya se perdieron 400 mil puestos de trabajo.

Pero la sequía laboral no empaña el optimismo. Al mal tiempo, Wall Street le ofrece buena cara. La disparidad de comportamientos es tajante. El rally de septiembre que propulsó a las acciones entre el 8,8% (S&P 500) y el 12% (Russell 2000) no llegó a las agencias de empleo. Así, el mes pasado, la economía expulsó a otros 95 mil trabajadores. Y la merma no se pudo atribuir por entero a los censistas que agotaron su conchabo temporario. Si se los deja de lado, y aun reconociendo la creación de 64 mil empleos privados, se perdieron 18 mil posiciones netas. Módico alivio para quienes temen el tránsito acelerado al socialismo: el sangrado laboral es una hemorragia exclusiva del sector público. La asfixia financiera de los estados y, sobre todo, de las municipalidades impide el coágulo. Entre sus víctimas, por caso, se cuentan 58 mil maestros que no fueron convocados para retomar tareas en el flamante año escolar. Se sabía de esta discrepancia, pero existía la esperanza de que septiembre la hubiese acortado en vez de acentuarla. Comprobar que no fue así, este viernes, no dañó a la Bolsa. Más bien, terminó de afianzarla. ¿Cómo podrá la Fed desentenderse de las penurias laborales? Le faltaba un peldaño al Dow Jones para montarse sobre los 11 mil puntos y no lo desaprovechó. Alcanzó así su valor más alto desde principios de mayo, a tiro de los récords de la fase de recuperación. Apenas doscientos puntos -menos de lo que recorrió la semana pasada- lo separan de la cumbre.

La Bolsa ya no cree en la doble recesión. No importa lo que diga el mercado laboral. Importa lo que dice, entrelíneas, la Fed. Y cuando el banco central quiere corregir malentendidos, o moderar expectativas, tampoco importan sus aclaraciones. Que Richard Fisher, el presidente de la Fed de Dallas, sostenga que no ve que se justifique echar mano al arsenal de crisis, no le quitó el sueño a nadie. Fisher tiene voz, pero no vota. Que Thomas Hoenig, de la Fed de Kansas City, pida todo lo contrario a una ampliación del estímulo -él aboga por una suba de tasas de interés (sí, leyó bien)- es menos problemático aún. Hoenig vota y todo el año se pronunció en disidencia. Pero es un lobo estepario. No importa que aúlle en soledad. Distinto debiera ser el trato con James Bullard, de la Fed de St. Louis. Desde fines de julio -cuando anticipó la fragmentación de criterios que afectaría al Comité de Mercado Abierto- sus palabras ofrecen la mejor visión sobre la naturaleza serpenteante de la discusión interna. Y también Bullard se sumó a las intrigas. Que la Fed no cumpla sus objetivos de pleno empleo y estabilidad de precios, deslizó, no garantiza una intervención. La Fed «podría esperar hasta diciembre antes de tomar una decisión». Añadió: «Todavía se puede defender el caso de que la economía mejorará naturalmente». ¿Cómo impactó su mensaje? La ficha no cayó. Los mercados no tienen oídos para lo que no quieren escuchar.

Relax

Hay buenas razones para pensar que la Fed se arremangará en la próxima reunión del 2 y 3 de noviembre, y proveerá una dosis adicional de relax monetario. Aunque se diga, y efectivamente sea cierto, que la decisión no está tomada y que resta convencer a más de un reticente. Las razones se diluyen a la hora de justificar un anuncio de enormes dimensiones. O una ejecución expeditiva. Si la fase II del estímulo brotará, como parece, de un acuerdo de compromiso, cabe esperar que prosiga el enfoque gradual antes que un shock violento (otra hipótesis adelantada por Bullard).

¿Será que la Fed copiará los pasos de Japón? Sí, pero las medidas no serán un calco. Salta a la vista la primera diferencia: mientras frenar la valorización del yen es faena ardua (y, a esta altura, fallida), su contrapartida, el debilitamiento del dólar, se obtuvo sin esfuerzo. Otro distingo: rebajar las tasas de interés a «virtualmente» un 0%, si bien es parte del menú que evaluó Ben Bernanke en su última visita al Congreso, no despierta entusiasmo en la Fed. Es que entraña un grave riesgo: dislocar el funcionamiento de los mercados monetarios a cambio de prometer dudosos beneficios marginales. No es un intercambio atractivo. En ese sentido, la compra de bonos del Tesoro fue la herramienta que Bernanke ponderó. También Japón avanzó en esa dirección. La novedad fue que habilitó un casillero para adquirir instrumentos privados, desde bonos corporativos hasta ETF. ¿Ensayará la Fed ese salto cualitativo? No figura en el inventario de alternativas. No se hará en 2010. Pero si el estímulo requiere una fase III, será difícil que no se lo incorpore.

La última iniciativa de Tokio fue el lanzamiento de un enésimo paquete fiscal de apoyo. ¿Sumará el Tesoro de EE.UU. una contribución similar? No habría que descartarlo luego de las elecciones de noviembre. El propio Richard Fisher, escéptico sobre la conveniencia de sacarle más punta al lápiz de la Fed, piensa que una respuesta fiscal sería más apropiada. Su recomendación: una iniciativa focalizada en aumentar el acceso al crédito para la pequeña empresa. A caballo de la discusión sobre la expiración de los recortes impositivos de la gestión Bush, crecerán las chances de un paquete fiscal de mediana envergadura. Pero difícilmente supere el filtro parlamentario antes de 2011.

¿Vidas paralelas? La economía real y la Bolsa, hoy por hoy, divergen notablemente. Las acciones en alza rotunda apuestan a que finalmente se muevan en tándem. Se espera de la política monetaria no convencional lo que concede la geometría no euclidiana: que ambos trazos se junten. Ayudará que la política fiscal salga del congelador y acompañe.