2 de diciembre 2009 - 00:00

Anticipo: el incomprendido género del melodrama

El narrador, crítico y teórico Ángel Faretta publicará en los próximos días, bajo el sello Djaen, un nuevo libro titulado «La pasión manda - De la condición y la representación melodramáticas», que estudia uno de los géneros más imcomprendidos de la historia, y por supuesto desde mucho antes de su consolidación en el cine. Según el autor, «La pasión manda» es un puente entre la anterior, «El concepto del cine» y la próxima «Dominio eminente», dentro de la construcción de su teoría propia sobre el llamado «concepto del cine». El examen de la obra de Douglas Sirk, Vincente Minnelli y otros grandes autores de melodramas no es más que una parte de tal examen. Aquí un anticipo:

Anticipo: el incomprendido género del melodrama
Lo que se conviene en llamar melodrama goza del pavoroso prestigio de ser de las formas o modos más incomprendidos, no sólo por sus denostadores -ahora en retirada vergonzante- sino también por muchos de sus improvisados cuanto desorganizados apólogos que confunden el fervor emocional y la nostalgia con la inferencia estética.

De todas las grandes categorías estéticas -a las que el cine somete a reconfiguración- ninguna es tan ardua, compleja y cada vez más inasimilable para cierta tendencia mental y anímica de nuestra época que el concepto de melodrama. Si bien es uno de los tantos términos confusos y erráticos que aparecen en algunas de las taxonomías más o menos serias que circulan en el ámbito estético, creemos que ninguno está revestido de mayor opacidad, ambigüedad y confusión.

Sintéticamente, y antes que nada, deben tenerse presente los tres siguientes pasos o nudos históricos de sentido: acuñación del término melodramma en el renacimiento como forma de adaptación del espíritu de la tragedia griega «redescubierto» por el mundo europeo, básicamente italiano. Un dramma con melos, es decir, no sólo con música -aquello que dará lugar a la ópera- sino con melodía rítmica, en verso; como el «drama senequiano» creado en la Italia de entonces y sobre el que se basa el posterior teatro «isabelino», con Shakespeare a la cabeza. Luego, traslación parcial del término melodrama a cierta forma del teatro francés con la llamada comedie larmoyante (comedia lacrimógena) ejecutada por autores como Diderot y Rousseau.

Finalmente, y ya en el siglo diecinueve, reaparición intensa y extensa del melodrama y lo melodramático. Tanto en forma de ópera -en especial italiana-, como de relato de misterio, terror y fantasía, como de teatro con «efectos especiales» -thriller- que narraba y representaba, a su vez, historias de carácter tétrico, espectacular o macabro. Así las versiones para la escena de los cuentos y poemas de Edgar Poe con los cuales Henry Irving estremecía literalmente a la platea victoriana, con desmayos incluidos. A ello habría que sumar la versión francesa de una forma de teatro muy similar al thriller inglés, conocida como Grand Guignol.

La tríada genealógica esbozada más arriba es heredada confusamente por el apresurado gusto contemporáneo que sólo en ciertas ocasiones logra definir con claridad aquello que recibe del pasado, y cuando esta herencia es de carácter sensible (aesthesis), las cosas se confunden aún más. De allí que el arte del siglo veinte, el cine, haya tenido una compleja relación estructural con este nudo de sentido estético. Porque el cine resolvió esta situación -como tantos otros problemas formales- haciendo una síntesis, en este caso de la tríada heredada.

El cine tomó del melodrama, en el sentido primigenio del renacimiento italiano, el carácter de adaptación o desplazamiento del sentimiento trágico; de la comedie larmoyante el carácter de didactismo social con un acentuado trabajo o insistencia en el elemento emotivo-patético; de la ópera, el correlato musical; finalmente, del melodrama victoriano, aquello que ya comenzaba a llamarse thriller (literalmente: estremecedor), y del Grand Guignol su forma o modo de espectacularidad y mezcla de elementos técnicos que complementan la acción haciéndola refractar en una pluralidad de sentidos a cuya acuñación contribuyen.

Pero existe, además de los tres anteriores, un cuarto sentido del término melodrama. Este fue acuñado por la doxa periodística de la movilización total como término y brulote polémico dirigido tanto a manifestaciones de lo estético-sensible como de lo anímico-espiritual. Así, «melodrama» describiría, desde entonces, obras literarias y manifestaciones estéticas «menores», «populares», «masivas», «intuitivas» e tutti li fiocchi, o sería el clisé preferido para describir la forma mentis de sectores «populares» y «regresivos», impermeables al progreso unidireccional-obligatorio de la sociedad liberal-burguesa, ya en su fase de movilización total.

El concepto del cine no solo recupera productivamente la condición melodramática sino que, una vez recuperada y curada, reenvía su nueva irradiación en un sentido polémico opuesto a aquel decimonónico que empleó «melodrama» y derivados en sentido peyorativo y defectivo. Más aun, el cine hace emerger y lleva hasta su propio límite los fermentos sacros y numinosos que contiene tal condición, volviéndolos leudantes operativos en su representación. Logra así desmontar los móviles ocultos de la doxa pedagógica liberal-positivista para que, al manifestarse develen su verdadero carácter y objetivo: el de intentar tachar, diluir, neutralizar o borrar todo lo sagrado y sus más diversas manifestaciones numinosas.

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