Atractivo juego ficción-realidad

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Sebastián Edwards «Un día perfecto» (Bogotá, Norma, 2011, 222 págs.)

El domingo 10 de junio de 1962, Juan José Morandé deja a su mujer, Ofelia Letelier, con su hermano, el periodista trotamundos Esteban Morandé, de visita en su casa, y se va al Estadio Carlos Dittborn de Arica. Allí se desarrolla una nueva etapa del Campeonato Mundial de Fútbol, y el equipo de Chile se enfrenta con el imbatible equipo de la Unión Soviética, que tiene en el arco a Lev Yashin «La araña negra», que ha quedadó como el mejor guardavalla de la historia del fútbol. Son los tiempos de la Guerra Fría y en la trastienda del partido se prepara un enfrentamiento entre espías de la CIA y la KGB, más aún cuando está latente el conflicto por los Misiles soviéticos en Cuba.

De forma tensa y vertiginosa, de película de acción erótica, de serie que muestra al unísono diversos sucesos, en las nueve horas que van de las 2 de la tarde a las 11 de la noche, se sabrá de los encuentros competitivos que se producen en los variados escenarios de la historia, pasando de lo íntimo a lo colectivo, de la pasión erótica a la pasión deportiva, de lo privado a los público.

Entre Ofelia y Esteban hay una asignatura pendiente, se amaron en la juventud pero no llegaron a nada porque se interpuso Juan José, que hizo a Ofelia su mujer. Ahora lo pendiente va a concretarse. Y, a diferencia de esa historia mítica de la competencia fraterna por el amor, por un bien, que Jorge Luis Borges narró en su cuento «La intrusa» que concluye de forma perversa, porque los hermanos saben que tras lo ocurrido «los ataba otro vínculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla», en «Un día perfecto» es la mujer quien actúa. Ella deja hacer acaso por los rencores escondidos de abogada transformada en ama de casa, ella es parte activa del triángulo, y el vínculo será en el futuro otro, que acaso sólo un estudio de ADN podría llegar a certificar, porque la historia erótica es una aventura que se cierra dejando un suspenso clave la da ese «so that, in the end, there was no end» del Premio Nobel australiano Patrick White con que comienza la novela.

En el otro encuentro, el de la cancha, el suspenso es el de «un combate del tipo David frente a Goliat», y está contado al ritmo de las jugadas más intensas donde los soviéticos sufrirán la derrota, Lev Yashin no podrá atajar dos goles chilenos. Y de pronto, después del partido, el arquero desaparece por unas horas, acaso buscando desertar de la URSS, acaso porque hubo un intento de secuestro. Acá la clave la da Leo Horn, uno de los personajes que remiten a personas reales, que Edwards utiliza para mezclar ficción con realidad, con no ficción, de modo que no se sepa «de qué lado del espejo se está». Horn reflexiona: «al que se desvía -voluntaria o involuntariamente- no le queda más que mentir. Mentir para que no le cancelen el pasaporte, para seguir viajando, para bailar o atajar penales. Mentir para sobrevivir y no caer en las garras de burócratas y soplones».

Ese 10 de junio será para la mayoría de los chilenos «un día perfecto», para el marido «un día rarísimo», para su mujer «un día casi perfecto», para Yashin, acaso, un día más que imperfecto. Como en «El misterio de las Tanias», donde contaba de agentes secretas entrenadas en Cuba para infiltrarse en las clases altas de América latina, el economista Sebastián Edwards, residente en EE.UU., vuelve a desplegar en su segunda novela una historia atractiva, donde ensambla lo político con los sentimental, une ficción con realidad, enfrenta la amistad y la colaboración con el odio y la competencia, en una trama urdida sagazmente para atrapar al lector en cada página.

M.S.

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