12 de octubre 2010 - 00:00

Avatares de la feria

El tránsito permanente de jóvenes con vestimentas y disfraces exóticos, inspirados en diversas formas del comic, le dieron un aire distinto a la Feria de Fráncfort.
El tránsito permanente de jóvenes con vestimentas y disfraces exóticos, inspirados en diversas formas del comic, le dieron un aire distinto a la Feria de Fráncfort.
PRESUPUESTO. El presupuesto global de la participación argentina en la Feria de Fráncfort ascendió a los 28 millones de pesos. La cifra comprendió los dos años de trabajo previo, el diseño y la instalación del Pabellón y el stand, y los costos de pasajes y alojamiento de la delegación.

MALENTENDIDOS.
¿Por qué el gobierno de la ciudad no tuvo participación en la Feria de Fráncfort, considerando además que el año próximo Buenos Aires será la Capital Mundial del Libro? Josefina Delgado, viceministra de Cultura porteña, estuvo en Fráncfort, pero no viajaron ni Hernán Lombardi ni, mucho menos, Mauricio Macri. «Me hubiera gustado mucho», dijo a este diario «que Buenos Aires tuviera su módulo. Yo conversé el 20 de septiembre último con Magdalena Faillace. Fue un buen diálogo en el que me aseguró que la Ciudad tendría ese módulo, y que luego me comunicaría algunas especificaciones técnicas, como el formato, la cantidad de libros para enviar, etcétera. Al no recibir respuesta, yo hice un envío a través de la Cámara del Libro de una cantidad determinada de ejemplares, que no se expusieron. Tampoco ví el módulo. Una integración entre Nación y Buenos Aires habría sido algo bueno, pero en fin, debe haberse tratado de un malentendido», concluyó.

SUBSIDIOS. El gobierno porteño participó sin embargo, aunque mínimamente, a través de la Dirección general de Industrias Creativas, dependiente del Ministerio de Desarrollo Económico. Su titular, Sebastián Noejovich, dijo en Fráncfort a este diario que se otorgaron subsidios a seis pequeñas editoriales para que viajaran (Iamiqué, La Bestia Equilátera, Pequeño Editor, Calibroscopio, Moebius, Eterna Cadencia , Vestale, Teseo, Infinito y Margus). El subsidio sólo comprendía el pasaje aéreo.

COLOR.
Una de las viñetas más coloridas de Fráncfort fue el tránsito permanente de jóvenes con vestimentas y disfraces exóticos, además de rostros maquillados. La movida se llama Cosplayer (que viene de «Costume», vestido, y «Player», jugador), y su inspiración central son figuras del animé, el manga y otras formas del comic contemporáneo. Al pasar al lado de tanto escritor ceñudo, de los que aún sobreviven, le dieron un aire distinto a la Feria.

COPYLEFT. Fue la palabra maldita por excelencia en Fráncfort. Los partidarios del Copyleft (es decir, el contrario del Copyright) quieren imponer el acceso a los bienes de las editoriales sin pagar derechos de autor, sobre la base del principio de «acceso libre» a la cultura. En los debates, llegaron a llamar al copyright como una de las formas represivas de la cultura.

GOOGLE.
Fue otro de los villanos favoritos de los europeos en la Feria del Libro. Como lo manifestaron las autoridades de la Asociación de Libreros de Alemania en la ceremonia de apertura, el gigante virtual digitalizó muchas bibliotecas del mundo, en las cuales junto a los libros de dominio público también entraron miles de títulos que aún permanecen dentro del copyright de su autor o sus derechohabientes. Un fallo judicial determinará si Google debe renunciar a esa digitalización, o cómo negociar con los propietarios de esos títulos el hecho de que puedan ser leídos libremente en la red.

VIGILANCIA. El predio de la Feria de Fráncfort comprende once pabellones, muchos de ellos más grandes individualmente que toda la superficie de la Rural dedicada a la Feria del Libro de Buenos Aires, sin contar la sala de Congresos, Foros, Cine, etcétera. Existen hasta pequeños supermercados y por supuesto todo tipo de restaurantes en su interior, de diferentes categorías. El tránsito interno se realiza a través de cintas transportadoras, como las de los aeropuertos (en verdad, parece un aeropuerto internacional), y hay minbuses internos que llevan de un pabellón al otro. Los expositores y el público, en los últimos dos días, pueden transitar de un lugar al otro sin inconvenientes, salvo en el pabellón Ocho: allí están las editoriales norteamericanas, y para ingresar a ese pabellón se exige el chequeo de mochilas, maletines, y en algún caso de vestimentas.

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