Bafici 2011: algunas pocas perlas entre mucho tumulto

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Brillantes, distendidos, los veteranos Rómulo Berruti («Función privada») y Alfredo Serra («Gente») disfrutan del placer de la conversación y la buena bebida mientras juegan una suerte de metegol de mesa con botones de camisa a los que han puesto nombres de jugadores. Así es «Cracks de nácar», de E. Casabé y E. Dieleke, simpático registro con separadores tipo «La cabalgata deportiva» y otros chistes, que merecería ser auspiciado por alguna bodega y que se vio la noche del sábado en una sección graciosamente llamada Elegante Sport.

Ese fue uno de los pequeños placeres de este fin de semana en el Bafici, lástima que perdido entre decenas y decenas de cintas simultáneas de experimentalistas vanos, músicos de dudoso talento, sanguinolencias comerciales, repetidas historias de adolescentes aburridos, flojas celebraciones queers, chefs presuntuosos («El Bulli», promoción del restaurant catalán de moda, cuya cocina se llama molecular no sólo por sus elementos sino por lo mezquino de sus carísimas porciones), amén de un lote godardiano que incluye copia nueva de «Prenom: Carmen», con la diosa Maruschka Detmers, pero también varios plomos pedantes de trabajosa visión, y un largo etcétera. El Bafici es un extenso cambalache snob, ya se sabe.

Perdidos en el tumulto aparecieron relatos de mujeres bravas (una boxeadora mexicana, la campeona iraní de taekwondo, feministas hindúes, chicas zafadas), okupas europeos, víctimas del milagro económico chino, varias de Jacques Doillon, el de «Ponette», que está pasando inadavertido, el absorbente folletín «Misterios de Lisboa», de Raoul Ruiz (la segunda y última pasada será el próximo sábado), el poético, original y reflexivo «Nostalgias de la luz», de Patricio Guzmán, el documental de Werner Herzog «La cueva de los sueños perdidos» (si fuera otro director, ya se lo hubiera desdeñado por didáctico y paisajístico), un recital en vivo de Sergio Pángaro acompañando la presentación de «Moacir», sobre el braso-argentino que ha pasado del Borda al estudio de grabación con sus canciones de vida, el emotivo

dibujo colombiano en 3D «Pequeñas voces», de Jairo Carrillo, que ilustra testimonios de cuatro niños campesinos cuya tierra se volvió zona de combate, y la primera de las cinco extensas partes de «Mafrouza».

¿Qué es «Mafrouza»? Un trabajo de Emmanuelle Demoris con los singulares, alegres habitantes de un barrio popular instalado sobre la necrópolis romana de Alejandría. Años siguiendo sus andanzas, reuniones sociales, discusiones, sueños y romances, captando gestos a veces doloridos y a veces deliciosos. Por ejemplo, la cara de un recién casado cuando despide a los amigos que acompañaron a la pareja hasta la puerta del dormitorio, y justo en ese momento uno le recuerda la lectura del Corán. No es la octava maravilla, se podría acortar sin problemas, pero así metido en ese amontonamiento apenas se aprecia.

Por último, y hablando de películas apreciables, este fin de semana las más señaladas de las diversas competencias fueron «Las marimbas del infierno» (dos guatemaltecos procuran fusionar sus gustos musicales), «¡Separado!» (un rockero galés viene a conocer a su tío patagónico), «Novias-madrinas-15 años» (vida cotidiana en un negocio del Once), «Norberto apenas tarde» (el debut de Daniel Hendler) y «Yatasto» (tres niños y un carro de caballos en los suburbios cordobeses, pariente lejano del tierno «Caballos en la ciudad» que hizo en 2004 Ana Gersherson).

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