23 de abril 2009 - 00:00

“Batalla en el cielo”: de todo, menos erotismo

La película del mexicano Carlos Reygadas, sobre una prostituta por puro hobby, abunda en escenas chocantes.
La película del mexicano Carlos Reygadas, sobre una prostituta por puro hobby, abunda en escenas chocantes.
«Batalla en el cielo» (íd., Mexico, Francia, Alemania, 2005, habl. en esp.); Guión y dir.: C. Reygadas; Int.: M. Hernández, A. Mushkadiz, B. Ruiz, D. Bornstein, R. Ramírez. PROYECCION EN DVD.

La joven del afiche, y la noticia de escenas de sexo bastante explícito de esta película pueden atraer cierto público, que igual saldrá espantado, pero también pueden espantar o distraer de la discusión algún aspecto más profundo, tortuosamente expuesto. Hace cinco años, cuando ocurrió su presentación en el mundo, mucho se comentó la gratuidad o no de esas escenas, y lo muy desagradable de una de ellas (dos mestizos gordos que parecen muñecos de Botero amontonados), y lo chocante de otras, donde la referida joven, bonita, de voz sensual y cariñosa, le hace el servicio al protagonista, un gordo nada lindo que digamos.

Parece chocar, también, que él sea simplemente el chofer del padre de ella, prostituta por puro hobby. La cosa varía cuando se advierte un posible costado simbólico en las lágrimas negras de la no-virgen arrodillada, y la congoja del infeliz, un pobre de espíritu culpable de secuestro y homicidio culposo, y más tarde culpable de asesinato, con sentimientos confusos ante la patria, el deporte y la religión, que termina peregrinando de rodillas y encapuchado por las calles, hacia la Virgen (pero es la otra, la que aparece al final para darle consuelo, o quizá en la mente del fulano sea una sola, vaya uno a saber).

No puede culpárselo de adulterio, considerando lo fea que es la esposa, que encima le pega. En cambio al director, Carlos Reygadas, se lo puede acusar de desaprensión narrativa, antojos de estiramiento (por ejemplo, el registro de un viaje en auto, incluyendo dos paradas ante el semáforo, a lo largo de siete minutos, sin mayor sustancia), tremendismo, ganas de espantar a la gente y confundirla, placer por el feísmo, y displicencia en el uso de sonido directo, que deja a mucho público sin entender lo que dicen los intérpretes, mayormente no-actores.

Cabe apreciar, en cambio, el lado simbólico de su relato, si bien bastante difuso, el registro de un México cotidiano y creíble (por el que sus connacionales hablan del «México del Calvario contemporáneo», y de «cruenta delicadeza»), el atinado empleo de una conocida marcha procesional, y, por supuesto, la incorporación bien in corpore de Anapola Mushkadiz, infinitamente más atendible que la protagonista de su opera prima, «Japón».

Dato aparte, dos momentos de humor: de un auto salen más personas de las que caben (chiste viejísimo, aquí mal rematado con una caída en lo asqueroso), y en el televisor aparece el director de fotografía de la película, el bahiense Diego Martínez Vignatti, en papel de exitoso futbolista argentino (y ahí no falla el remate, sino que incomoda la actividad masturbatoria del protagonista que mira el partido). En fin, habrá quien le guste. Curiosidad para buscadores de la web: en el afiche norteamericano la joven tiene los pechos cubiertos con «cabellera digital».

P.S.

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