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Bomba de tiempo en EE.UU.: ¿viene una supercrisis?
El martes 31 de mayo las Bolsas europeas celebraban las versiones de que Alemania aceptaría otorgar a Grecia el nuevo apoyo financiero que la salve del default. Sin embargo, ¿era realmente una buena noticia para la salud de la economía mundial? Al día siguiente ya quedaba claro que no se trataba de un nuevo salvataje, sino de una reprogramación más o menos voluntaria, lo que implicaba claramente un incumplimiento del país heleno. Y los mercados se derrumbaban en Europa y arrancaban en rojo en EE.UU., donde nuevos indicadores económicos de desaceleración de la economía llevaron la caída de Wall Street bien por arriba del 2%. Mientras, el oro se acercaba a sus valores récord, aun en un escenario de caída del precio del petróleo por temor a la recesión global.
Sin quita, la deuda griega del 160% del PBI no es sustentable. El ajuste fiscal sólo lleva a profundizar la recesión y, vía caída de la recaudación, agravar el déficit fiscal, lo que torna imposible reducir el endeudamiento. Un dramático círculo vicioso.
Nouriel Roubini, el economista hecho célebre por haber anticipado la crisis de las hipotecas subprime, afirmaba en estos días que el default no sólo de Grecia, sino también el de Portugal, Irlanda y España, era inevitable por la inviabilidad de sus economías sin una quita sustancial de sus obligaciones.
Esa actitud de «prolongar y fingir» o de «prestar y rezar» está condenada al fracaso», afirmaba.
Mientras tanto, la fuga de depósitos en Atenas se acelera. En abril alcanzó los 2.000 millones de euros, en mayo cuadruplicó esa cifra. Sólo entre el miércoles y el viernes de la pasada semana llegaron a 1.500 millones de euros. Ahora son los pequeños ahorristas los que no se fían de sus bancos: pensionistas y depositantes están retirando pequeñas cuantías que van desde los 2.000 hasta los 15.000 euros.
Pero el derrumbe de las Bolsas del miércoles no sólo es por Grecia y no sólo por Europa. Bank of America redujo nuevamente sus previsiones de crecimiento para EE.UU. el pasado viernes, citando los altos precios de los energéticos, la desaceleración del crecimiento mundial y las restricciones del gasto gubernamental. También por segunda vez en 30 días los exitistas economistas de Goldman Sachs redujeron sus previsiones de crecimiento económico para Estados Unidos, sólo para advertir pocos días después que incluso existe el «riesgo de corrección a la baja de esa estimación». Goldman ahora cree que la economía estadounidense podría crecer a una tasa del 3% en el segundo trimestre, cuando hace tres semanas estimaba una tasa del 3,5% y a inicios del año sus previsiones eran del 4%.
El índice elaborado por Goldman -que monitorea los nuevos pedidos, las ventas y los envíos, así como el empleo, los precios de los materiales y los inventarios- ha caído a niveles equiparables a los registrados durante la desaceleración padecida en la primavera de 2010, la cual terminó gracias al segundo programa de compra masiva de activos, implementado por la Reserva Federal, denominado QE2, que implicó -hablando claro- la emisión de u$s 600.000 para cubrir el déficit fiscal. Como esta gigantesca «inversión» está próxima a agotarse, se considera probable que la Reserva federal ponga en marcha en breve el nuevo programa de «flexibilización cuantitativa».
¿Por qué no? Más municiones para especular con acciones y materias primas, más crisis alimentaria global, más desequilibrios en el comercio internacional, más acumulación de deuda en los países centrales, mientras las condiciones de vida y las posibilidades de financiación desaparecen en los países periféricos y ambas orillas de Mediterráneo -la cuna de la civilización- hierven en la crisis política y social. Mientras, en los EE.UU. se incuba una situación financiera explosiva frente a la cual la crisis de las hipotecas subprime es sólo un juego de niños.


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