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Busnelli-Barbarossa salvan floja comedia
Unos oportunos cortes realizados después del estreno hicieron ganar ritmo a una pieza cuyo sostén absoluto es el explosivo dúo que conforman Mirtha Busnelli y Georgina Barbarossa.
G. Pietranera. Dis.Ilum.: E. Sirlin. (Multiteatro)
¿Cuánto puede cambiar la vida de una señora de clase acomodada, ávida consumidora de cultura -pero súbitamente consciente de su propia mediocridad- tras la inesperada aparición de una antigua amiga de la infancia, cuya existencia es un compendio de aventuras, triunfos y placer?
«El cuento de la mujer del alergista» de Charles Busch no resuelve ni desarrolla los conflictos que plantea. Con su final abierto y una trama que acumula diálogos graciosos, referencias culturales y situaciones complicadas para que el público se divierta sin más, la pieza está muy lejos de reflejar el drama que vive su protagonista.
Busch parece haberse inspirado en las comedias de Neil Simon o tal vez en las de Woody Allen, pero su veta satírica sólo encuentra lucimiento en la creación de la dupla femenina que encabeza esta historia.
Mirtha Busnelli lleva la acción sobre sus hombros con una entrega física y emocional fuera de lo común. Su Maggie pasa de la depresión (ha perdido a su analista hace un mes) a la euforia, y del ataque de nervios a la confusión más absoluta. Tolera con esfuerzo a su madre (María José Gabin caracterizada de octogenaria) que la hostiga con sus problemas intestinales y sus críticas despiadadas y en cambio se desvive por su yerno (Antonio Ugo), un alergista filántropo y algo pagado de sí mismo.
Maggie se mantiene a flote, en plena crisis de madurez, citando compulsivamente a filósofos y literatos ilustres. Es un rasgo que ridiculiza al personaje, pero en manos de Busnelli éste se enriquece con otras facetas (angustia, desesperanza, vulnerabilidad, y cierto infantilismo).
La vida rutinaria de la protagonista queda patas arriba con la llegada de Lily (gran composición de Georgina Barbarossa), decidida a hacer realidad todos los sueños de su amiga. Empieza por alterar su agenda de actividades, luego la alienta a escribir una novela y hasta la obliga a disfrutar de la cocina y del sexo con un inesperado menage à trois.
Lily es la típica «namedropper» (menciona sin parar a las celebridades que conoce) y derrocha glamour y vitalidad. Sin embargo, su presencia enigmática y algo escurridiza, junto a sus pavoneos de mitómana, generan muchas dudas en torno a sus verdaderas actividades e intenciones. Estas recién saldrán a la luz sobre el final provocando una gran desilusión en Maggie, quien volverá al mismo punto de partida, con un marido atareado y una madre insoportable. Sin embargo, algo parece haber cambiado en ella. Además de seguir compartiendo lecturas con Mohammed (el portero de origen iraquí) Maggie ha decidido enseñarle a cocinar, tal como hizo Lily con ella.
Busnelli y Barbarossa integran una dupla explosiva que logra compensar las debilidades de la pieza y algunos errores de puesta. Como por ejemplo, el perfil excesivamente caricaturesco de la madre de Maggie, con su machacona obsesión por la materia fecal y los supositorios o el exagerado acento de Martín Slipak (Mohammed) que tiende a opacar la calidez y sensibilidad de este personaje.
A varias semanas de su estreno, la obra ha ganado en ritmo y comicidad, gracias a unos cortes muy oportunos.


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