9 de abril 2012 - 00:00

Capriles trajina la calle y confía en el voto oculto

El candidato de la oposición venezolana, Henrique Capriles, busca mostrarse joven y enérgico en contraste con la imagen ajada que Hugo Chávez presenta en estos días. Por ahora, las encuestas lo dan en desventaja.
El candidato de la oposición venezolana, Henrique Capriles, busca mostrarse joven y enérgico en contraste con la imagen ajada que Hugo Chávez presenta en estos días. Por ahora, las encuestas lo dan en desventaja.
Caracas - Cansado y hambriento tras largas horas de campaña bajo el intenso sol caribeño, el líder de la oposición venezolana, Henrique Capriles, necesita descansar y comer algo en su autobús.

Pero la gente de Baralt, un empobrecido y polvoriento distrito del cinturón petrolero del oeste venezolano, no está acostumbrada a tener visitantes importantes y le pide que se sume a un partido de básquetbol.

Lo convencen fácilmente. El hombre que quiere convertirse en el próximo presidente de Venezuela corre por toda la cancha, encesta varios tiros, se levanta rápido luego de ser derribado y es vitoreado cuando su equipo gana el partido.

«¡Hombre, sabe jugar! No es el típico político que espera la foto y después se va», dijo Johan Arismendi, un joven espectador de 24 años.

En una batalla cuesta arriba para poner fin a los 13 años de Gobierno del presidente Hugo Chávez en las elecciones del 7 de octubre, Capriles tiene un as bajo la manga y sabe cómo jugarlo: su juventud.

El gobernador del estado de Miranda, de 39 años, se ha embarcado en una gira de tres meses «casa por casa» diseñada tanto para mostrar su energía como sus ideas. Sin dudas, lo necesita, ya que sigue detrás de Chávez en todas las encuestas.

Capitalizando un estilo populista que le dio buenos resultados desde que se convirtió en el legislador más joven de Venezuela a los 26 años, Capriles suele calzar botas y vestirse con remeras. Fue una sorpresa verlo en traje para los debates televisados previos a las primarias opositoras de este año.

Anda en motocicleta para evitar el tránsito y para llegar a los barrios más humildes, donde pasa más tiempo que en su oficina. Por la noche, a menudo se relaja con un partido de básquetbol o haciendo ejercicio.

Resaltar su imagen enérgica es una estrategia deliberada. Primero, Capriles rompió con la «vieja guardia» de líderes opositores en Venezuela, en su mayoría figuras de 50 y 60 años que no pudieron desbancar a Chávez en seis elecciones ni mediante huelgas, protestas callejeras y hasta un breve golpe de Estado en 2002. Pero lo más importante pasa por remarcar la diferencia entre su imagen juvenil y fresca, y la de un Chávez enfermo. El presidente no sólo es 18 años mayor, sino que lucha contra un cáncer diagnosticado el año pasado que le ha dejado claras huellas en su figura (ver aparte).

«Me sobran fuerza y juventud. Lo que ves aquí es sólo un inicio», dijo Capriles, siempre dispuesto a los comentarios oportunos, las anécdotas y las estadísticas.

Picardía

«El candidato del PSUV (Chávez) ya no camina entre el pueblo, no habla con el pueblo. Y eso desde antes de sus problemas de salud. Yo le deseo una recuperación rápida para que vea los cambios que vienen en Venezuela», señaló. La picardía en esos ambiguos deseos -y la audacia de copiar algunos de los trucos más exitosos de la campaña presidencial de Chávez en 1998- han irritado al líder socialista y a sus seguidores.

Los comentaristas de la televisión estatal escupen bilis hacia Capriles, llamándolo «copión» o «el candidato camaleón».

Un burlón aviso televisivo mostró una imagen del opositor exclamando ante una multitud: «Los que quieren progreso, vengan con nosotros», seguida de una de Chávez declamando su consigna «Los que quieren patria, vengan conmigo».

Aunque el presidente aún tiene una gran ventaja sobre Capriles en la mayoría de las encuestas, el carismático Chávez -cuyos humildes orígenes y conexión emocional cuasirreligiosa con los pobres han apuntalado su Gobierno- está claramente herido. Después de todo, Capriles está intentando hacer lo mismo que hizo él: llegar desde lo más bajo y desafiar la sabiduría popular para ganar una elección con una campaña infatigable por todo el país.

«Lo de Chávez es la televisión. Lo de Henrique es la calle», dijo Henri Falcón, un gobernador y exaliado del presidente que rompió con él hace dos años.

«El voto oculto se va a expresar masivamente a favor de Capriles, que Capriles es recibido en las casas como en los viejos tiempos de Chávez. Te lo digo yo, que era chavista», agregó. De hecho, una de las promesas de campaña favoritas de Capriles es terminar con las famosas «cadenas» televisivas de Chávez, que el Gobierno usa para obligar a todos los canales -privados y estatales- a transmitir en vivo al mandatario dando un discurso, inaugurando un proyecto o encabezando una reunión. A menudo duran varias horas y en ocasiones ha habido tres o cuatro el mismo día. «Menos televisión y más trabajo», es el mantra de Capriles, aunque sus conferencias de prensa tienden a ser largas y sus respuestas, a veces ampulosas y repetitivas. Pese a haber nacido en una familia rica, haber militado en un partido político de derecha y ahora defender la bandera de una coalición que representa a todo el espectro ideológico de la oposición, Capriles se define como un político de centroizquierda. Quiere importar las políticas de estilo brasileño a Venezuela: condiciones de libre mercado para que las empresas privadas puedan recuperarse junto con medidas sociales para combatir la pobreza.

Eso ha llevado a algunos a describirlo como «un Chávez liviano», es decir, un hombre que mantendría lo mejor de las llamadas «misiones» sociales que brindan servicios gratuitos a los pobres, pero que terminaría la guerra contra el sector privado.

Las misiones, que van desde arroz subsidiado hasta clínicas gratis dirigidas por médicos cubanos, son la base de la popularidad de Chávez.

El Gobierno está desesperado por pintar a Capriles, cuya abuela materna huyó de los nazis, como un representante de una elite diminuta, rica y pro Estados Unidos que gobernó durante décadas antes de que Chávez la sacara del poder. Ése es quizá su punto más débil para la mayoría pobre de Venezuela. Creció en medio de lujos -su familia tiene una gran cadena de cines y otras compañías, y se codeó con famosos, como el comediante mexicano «Cantinflas»-, mientras que Chávez fue criado por su abuela en una casa humilde en medio del campo.

Físicamente, sus rasgos europeos lo identifican como miembro de la elite venezolana. La piel morena de Chávez, en cambio, lo conecta inmediatamente con los pobres, y él explota eso. Chávez ni siquiera menciona el nombre de Capriles y suele referirse a él como el «candidato de la ultraderecha», entre otra variedad de sobrenombres.

El mes pasado, justo cuando sus colaboradores anticipaban que la campaña de Chávez por la reelección iba a centrarse en el «amor», un eslogan astuto, intangible y difícil de combatir, el presidente llamó a su rival «cochino» cinco veces en dos oraciones.

Agencia Reuters

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