4 de marzo 2011 - 00:00

“Chapadmalal” y otras visiones

Tres documentales con historias de vidas se estrenan hoy. Los tres son locales, adscritos al llamado cine independiente, y cultivan un tono deliberadamente menor. También son unos minutos más largos de lo conveniente.

El más sencillo, breve y simpático es «Chapadmalal», de Alberto Montiel, apenas un tranquilo paseo por el clásico centro turístico para escolares, familias y jubilados, y una serie de confesiones a cámara por parte de los veraneantes. Son confesiones sentimentales, balances de experiencias generalmente gananciosas, que se dicen con buen humor, a veces algo de melancolía, y sin mayor profundidad. A fin de cuentas, están de vacaciones. El registro no pretende ser más de lo que es, apenas un testimonio de la gente común de estos tiempos, pero, por ello mismo, quizá vaya cobrando más y más valor a medida que pasen los años.

Más pretencioso, «Invernadero», de Gonzalo Castro, es el retrato de una sola persona, el escritor peru-mexicano Mario Bellatin, manco igual que Cervantes y Valle Inclán, aunque mucho menos famoso. El hombre tiene su talento, como lo prueban sus varios libros («Efecto invernadero», «Perros héroes», etc.), y su gracia, como lo prueba este film. Pero hay una trampa, todo es una estudiada puesta en escena, la hija que aparece en pantalla no es la hija, el resto tampoco es lo que dice ser, y la vida real del hombre también es algo distinta. En suma un pasatiempo coherente entonces con el sujeto, inventor de ficciones.

«Familia tipo» es el documental más arriesgado en cuanto a estilo, que «interviene» archivos familiares, y tono, propio de quien comparte un doloroso secreto de otros tiempos. Y es el único cuya autora, Cecilia Priego, parece desgarrarse con un gemido apenas audible ante nosotros, a medida que ella y su hermano van reuniendo jirones de aquel secreto. «Siempre pensé que esa foto era mía, que mi padre escondía una foto mía», recuerda. Pero resultó ser la foto de una hermana desconocida.

Inmigrante español, el hombre la había dejado apenas 15 días después de nacida, para venir aquí y encontrarse luego con su propio padre, que lo había dejado a los siete años. Pero acá formó otra familia, la misma que ahora reconstruye la historia de la abuela muerta de amor a los 23 años, el abuelo que luchó en el Ebro y huyó a México, el padre que creció solo y abandonó todo, la hermana silenciada, y hasta la vecina que cuando niña supo rescatar las cartas de amor de los abuelos, que quedaron en la casa abandonada, y conservarlas hasta que aparecieron los nietos de América. De quien se habla poco es de la esposa abandonada. Hubo muchas como esa en Europa. Viudas blancas, les decían.

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