12 de enero 2009 - 00:00

De lo ligero del musical a la grandeza de la ópera

En «Otelo», Ángel Mahler revela una inspiración constante en la construcción de los materiales vocales e instrumentales.
En «Otelo», Ángel Mahler revela una inspiración constante en la construcción de los materiales vocales e instrumentales.
Más cerca del espectáculo operístico que de la comedia musical con sello Broadway, el «Otelo» de Cibrián/Mahler significa una importante evolución dentro del mapa de propuestas musicales del «team». Sobre todo desde la óptica de la partitura musical, con constantes referencias a la lírica romántica. En ella está lo mejor de «Otelo».
Elaborada a partir de eje sinfónico, la obra evoluciona -y en ese sentido es un reflejo claro de la transformación sufrida por sus autores- partiendo de los códigos del «musical» norteamericano para consolidarse en los tramos finales en la grandiosidad de la ópera. Mahler muestra una inspiración constante en la construcción de los materiales tanto vocales como instrumentales.
Valgan como ejemplos los dúos, tríos o las canciones (casi arias, como la de la mariposa, bello momento confiado a Desdémona) y la plasmación de los grandes conjuntos donde los protagonistas y en ocasiones, el coro, señalan la culminación dramática de los trágicos sucesos (el final de la obra, con un magnífico trabajo de violines en pianissimi es paradigmático).
El texto, en cambio, si bien inspirado en la tragedia de William Shakespeare, cae a veces en lo retórico, y la utilización del castellano deviene en parlamentos excesivamente castizos y un poco extemporáneos. La problemática moral, más allá de los celos y el hambre de venganza generados desde Yago, califica notablemente la obra.
En descargo de Pepe Cibrián Campoy, autor de letras y textos, hay que señalar que la tarea de puesta en escena, la coreografía (acotada a pesar de ser un musical) y su dirección general han sido precisas y de elevada calidad visual.
Orquestación
La exquisita orquestación y la dirección musical en vivo de Ángel Mahler al frente de un ensamble de quince músicos, es óptima, siempre ayudado (tanto en las voces como en los instrumentos) por un excelente diseño de sonido de Osvaldo Mahler.
Estructurado en dos grandes partes que suman unos 150 minutos de espectáculo, el tratamiento casi cinematográfico de los pequeños segmentos, yuxtapuestos con agilidad y sin fisuras rítmicas, otorgan fluidez teatral a esta tragedia de celos. La propuesta no sería la misma sin el esplendor visual aportado por la escenografía virtual y el vestuario de René Diviú, que trabaja con pocos elementos corpóreos y una carpa de tules de gran sensualidad plástica que sobrevuela el escenario. A las luces de Cibrián/Ruybal se les confió las atmósferas sombrías y brillantes de una Venecia feérica.
La personalidad impactante de Juan Rodó, de entonación potente y musical en el protagónico, es excluyente, aunque sería injusto no destacar las voces y las actuaciones dramáticas de Georgina Frére (Desdémona), Daniel Vercelli (Casio), Diego Duarte Conde (Yago), Lorena García Pacheco (Bianca) y sobre todo Sergio Caruso (el Dux). Todos con voces que exceden las meras exigencias de un «musical». De hecho, contribuyen así a que «Otelo» pueda considerarse un gran espectáculo lírico, sin encasillamientos de ninguna naturaleza.

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