- ámbito
- Edición Impresa
Deslumbrante diario de un cuerpo

Lison, una artista plástica amiga de Daniel Pennac que domina el arte de los regalos molestos, deja sobre la mesa del escritor el legado de su padre, un conjunto de cuadernos que, según aclara en una misiva inicial, es el diario de su cuerpo. Todo comenzó con un trauma inicial como lo descubrió recién 52 años después. A los 12 años, en un juego de guerra entre boy scouts lo capturan y dejan atado a un árbol. Aislado, abandonado, se figura todo lo peor que le va pasar. Cuando lo rescatan y lo humillan, decide llevar un diario que en adelante proteja su cuerpo de los asaltos de su imaginación y su imaginación contra las intempestivas manifestaciones de su cuerpo.
Así durante 74 años, desde los 12 años, en 1935, hasta su muerte a los 87 años, en 2010, ese burgués políticamente correcto y con fama de sabio se interesa, dejando de lado todo falso pudor, en lo que comúnmente se buscar callar, los avatares del cuerpo. Así va de la juvenil fobia borgiana a los espejos al pánico final al Alzheimer. Ningún rasgo de su vehículo físico escapa a su curiosidad. En la amplia lista hay flatulencias, deyecciones, pesadillas, picazones, orgasmos. Va de la primera eyaculación a la extinción del deseo.
Del despertar de la conciencia a esa conciencia del fin, que le lleva a dejar como últimas palabras a su hija: «no tengas miedo, te enseñaré». La superficialidad supuesta de lo corporal le lleva a revelar la interioridad más profunda, desde el sentido menos religioso y, por tanto, más densamente humano. Ese hombre que pareciera haber tratado secretamente de contestar a el «nadie sabe lo que puede un cuerpo» de Baruch Spinoza, que ha intentado reflexionar y organizarse un saber de la sensaciones y olvidos del cuerpo, a los 86 años, en consciente declinación, anota: «somos hasta el final el hijo de nuestro cuerpo; un hijo desconcertado».
El escritor francés, nacido en Marruecos, Daniel Pennac consigue un libro deslumbrante que supera toda sus obras anterior. Usa el artificio literario de una obra ajena que tiene que leer por pedido para escapar de la literatura y entrar en la poesía, la reflexión, el ensayo, sin alejarse nunca de la narratividad, de propiciar el interés del lector. El «diario de un cuerpo» no es la excusa para una confesión, para un cuerpo de monólogos narcisistas.
El cuerpo contado es un eje que lleva a saber de las relaciones del narrador con el mundo. Así se va sabiendo de su familia, de sus amigos, de sus cosas. Con pericia narrativa la anotaciones se van mezclando se van transformando en una novela en la que se quiere saber más de los personajes, y aprender más de la vida desde ese cuerpo del que uno sólo se interesa cuando nos habla por sus desperfectos, a través de dolores y molestias, de aquello que teníamos y va dejando de estar.
En «Diario de un cuerpo» Pennac recupera la falta de respeto que construyó la gran literatura a partir de Francois Rabelais, y la maravillosa originalidad que fue el sello distintivo de las vanguardias literarias del siglo XX. Se aparta de todos los géneros para forjar una novela, de la que todos sabemos el melancólico final, pero que no deja de ser tan permanentemente entretenida como la vida. La victoria de Pennac es construir una obra que parece no construida, que se puede leer linealmente o a los saltos, en la que se puede ir al índice y recorrer por temas, lleno de densidades y diversiones, de juegos y fragmentos sapienciales, a los que da placer volver.
M.S.


Dejá tu comentario