5 de octubre 2009 - 00:00

Despedidas

Junto a la Orquesta Estable, la noche del recital en noviembre de 2006 cuando el Colón cerró sus puertas.; El adiós final, en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso, donde sus restos serán velados hasta el mediodía de hoy.
Junto a la Orquesta Estable, la noche del recital en noviembre de 2006 cuando el Colón cerró sus puertas.; El adiós final, en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso, donde sus restos serán velados hasta el mediodía de hoy.
Explícitas en un caso, tácitas las más veces, los últimos años de Mercedes Sosa fueron de despedidas. Sobre el escenario, su cuerpo ya no respondía al espíritu de sus canciones, pero el alma también tenía sus lamentos: «Usted sabe, yo no estuve bien del corazón, y fueron muchas emociones juntas», le dijo a este diario en octubre de 2006, poco después de regresar de la última gira por el interior, durante la cual se había detenido varios días en su Tucumán natal. «Sobre todo, visitar la tumba de mi madre, verla nuevamente pero de esa manera. Y que eso se junte con las fiestas de fin de año... no me hizo bien. También hacía mucho calor, mucho champagne, tortas, jugos. El 23 de diciembre me sentí muy mal, me dieron Lexotanil... Pero en fin, salimos adelante. Ahora estoy feliz, y voy a cantar en el Colón».

Además de visitar por última vez la tumba de su madre, la del Colón era otra despedida: Mercedes Sosa había sido elegida para que fuera ella quien ofreciera el recital de cierre de la sala de Plaza Lavalle, el 1 de noviembre de ese año, antes de que comenzaran las obras de restauración que todavía no han terminado. Fue un concierto que compartió con la Orquesta Estable, dirigida por Pedro Ignacio Calderón. El recital fue calmo y ordenado, cálido pero muy distante, en clima, del fervor acostumbrado, y pese a que la sala estaba repleta.

Otros asuntos distraían la atención: las proclamas sindicales previas al inicio del recital, las manifestaciones contra la forma como se emprenderían las obras de restauración e, inclusive, una discusión a voz en cuello entre Jorge Telerman, Jefe de Gobierno de la Ciudad en ese momento, y su ministro de Hacienda. Mercedes Sosa estaba dando su último recital en el Colón, un hecho histórico, y sin embargo -como suele ocurrir-, la historia sólo se advierte después, cuando ya es demasiado tarde.

En contados casos el público se atrevió a palmear alguna chacarera, pero con timidez, como si obedeciera al ritual y no a las palmas. No más que eso. Mercedes Sosa lució muy bien, siempre dispuesta a decir en voz alta lo que se le venía a la cabeza entre canción y canción; habló de sus años de exilio; bromeó con el hecho de que León Gieco se le enojaba porque ella solía grabar más a Víctor Heredia y, casi al estilo Marcos Mundstock, se molestó (pero esta vez en serio) con un asistente al que debió pedirle dos veces que le moviera su silla hacia atrás, para estar más cómoda con respecto al micrófono.

A esa altura de su carrera, ella ya no le daba la misma significación que décadas atrás tenía para un cantante no clásico presentarse en el Colón. Con el orgullo de saberse (algo que nunca escondió) la artista popular argentina más famosa en el mundo junto con Ástor Piazzolla y Atahualpa Yupanqui, la «Negra» juzgaba que cantar en el Colón no era un hecho atípico, sino un merecimiento: «No sólo he cantado en el Colón varias veces. También lo hice en el Concertgebouw de Amsterdam, en la Alter Oper de Berlín, en el Carnegie Hall, en la Filarmónica de Munich. Sus públicos nunca se sorprendieron. ¿De qué deberían sorprenderse? Por supuesto, siento un respeto muy grande por ese teatro, allí han cantado las mayores glorias de la lírica de siempre. Pero no me siento en un lugar extraño cantando allí».

Su primer Colón había sido en 1972, en el marco de un recital que compartió con Aníbal Troilo, Piazzolla, Pugliese, Los Chalchaleros, Eduardo Falú. «Se armó una discusión fenomenal sobre si a nosotros nos correspondía estar en el Colón o no. Por suerte, ese tipo de discusiones han quedado en el pasado. En ese sentido, la sociedad argentina maduró», recordaría años más tarde.

Sus primeros problemas físicos la aquejaron desde fines de 2003, y durante casi dos años no se la vio en un escenario. La esperada rentrée ocurrió en setiembre de 2005, con un pequeño prólogo oficial: un recital en el Salón Blanco de Casa de Gobierno, en el que cantó temas de su entonces último disco, «Corazón libre», en el que había regresado a sus fuentes más folklóricas: «Tonada del otoño», «Zamba de Argamonte», «Como flor del campo». Ernesto Sabato, junto a Cristina de Kirchner, la oyeron con 300 invitados. Encorsetada, no pudo cantar esa vez demasiado: sólo hizo ocho canciones, entremezcladas con las participaciones de León Gieco, Abel Pintos, Pocho Sosa, Federico de la Vega, el Quinteto Tiempo, Teresa Parodi, Guillermina Beccar Varela, y sus sobrinos Coqui y Claudio Sosa.

«Los médicos no me ponen límites sobre el tiempo que puedo actuar», rió también en aquel diálogo con este diario previo a su concierto en el Colón. «Los que me ponen los límites son los que me contratan. ¡No puedo cantar menos de una hora cuarenta! Pero para mí esos no son límites. Si siento que el público lo desea, canto más tiempo todavía. Mucho más».

Así lo había hecho frente a las cinco mil personas que se reunieron para verla en la apertura del festival Folklore Buenos Aires, en noviembre de aquel 2005, con el que luego de su breve paso por la Casa de Gobierno regresó a un escenario con todas las fuerzas que le quedaban. El repertorio mezcló canciones de «Corazón libre» con clásicos de su carrera, y hubo muchos intérpretes y músicos invitados que cantaron y tocaron con ella, o que la homenajearon con sus temas. Su dificultad para trasladarse le había impedido moverse con la soltura de otros tiempos, aunque igualmente se dio el gusto de unos pequeños pasos de baile en el final junto a La Chilinga.

Allí, en el medio de sus músicos, instalada sobre un sillón y frente a su atril ayudamemoria, volvió a mostrar la enorme distancia que había entre ella, aun en inferioridad física, y todo el resto. La Negra fue una vez más la dueña del escenario. Arrancó con la «Serenata para la tierra de uno» de María Elena Walsh, y siguió con una antológica versión de «Alfonsina y el mar», «El otro país», «Sólo se trata de vivir», «Guitarra, dímelo tú», «Volver a los 17» y otros tantos de sus clásicos, antes de dedicarse al disco nuevo.

Al año siguiente, en enero, regresó a Cosquín luego de siete años de ausencia y lo hizo con gloria: cantó ante 11 mil personas, la mayor asistencia reunida en la Plaza Próspero Molina en esa edición y en muchas otras ediciones. El clímax ocurrió cuando en la última canción se levantó de su asiento e hizo unos pasos de baile, mientras se despedía de la gente, que la ovacionó. Nunca más volvió a Cosquín, y ese público -no como el del Colón- seguramente lo sabía.

En mayo volvió al Gran Rex, en dos funciones a sala llena, acompañada por el Chango Spasiuk, el Chango Farías Gómez, Facundo Guevara, Javier Casalla, Coqui Sosa, Eduardo Falú, Norberto Córdoba, Alberto Rojo, Pocho Sosa, Walter Ríos, Rafael Amor y, afortunadamente, muchos momentos como solista, con las guitarras apenas respaldadas por la percusión o el violín, para que su voz luciera en un inigualable primer plano, esa voz que conservaba la belleza natural de siempre. La enfermedad sólo le había hecho perder algo de energía, nunca de brillo. Así fueron sus despedidas.

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