7 de octubre 2009 - 00:00

Diálogos en Wall Street

El experto en mercados internacionales que se escuda bajo el personaje de Gordon Gekko, de la película «Wall Street», analiza el impacto de la suba del oro. Opina que podría detonar una suba en las Bolsas y más inflación, pero duda de la versión de reemplazar el dólar por el oro en el mercado petrolero.

Periodista: Finalmente el oro quebró el maleficio. Superó la valla de los 1.030 dólares la onza; la barrera tan inesperada como infranqueable que dejó el salvamento de Bear Stearns. Lo difícil ahora es descifrar el oráculo. ¿Qué significa esta ruptura?

Gordon Gekko:
Me imagino que habrá un exceso de interpretaciones. El oro significa muchas cosas a la vez para muchísimas personas y todas ellas diferentes. A su manera, cada cual sentirá que su visión está siendo reivindicada.

P.: ¿Qué pesadilla nos aguarda?

G.G.:
A juzgar por la reacción inmediata, lo más grave al acecho, es una suba fuerte de las Bolsas.

P.: Leo y escucho, por ejemplo, que se teme que la inflación se dispare fuera de control.

G.G.:
Alguien debería llamar a los mercados de bonos. Hay que alertarlos del peligro.

P.: Sé que si uno echa un vistazo a los bonos no parece muy sensato. Pero es natural asociar la marcha del oro con la sensibilidad inflacionaria.

G.G.:
¿Qué decir, entonces, de una promesa de pago del Gobierno a diez o a treinta años de plazo? ¿Cómo se consiguen compradores a granel que estén dispuestos a llevarse a casa parvas y parvas de nuevas emisiones? Y, ¿qué tasas exigen? En estos precisos momentos un 3,25% a diez años. Le soy sincero: no huele como un temor muy arraigado a la inflación.

P.: Está claro que el resorte que disparó la reacción del oro fue el ruido en el mercado de cambios.

G.G.:
Concuerdo. En concreto, el artículo de The Independent. La versión publicada en Londres de que los países árabes, China, Rusia, Japón y Francia estarían en tratativas para que el petróleo crudo cotice, en el mercado internacional, abandonando la referencia exclusiva al dólar y con base en una canasta de monedas y oro.

P.: El título del artículo no podía ser más frontal. «El deceso del dólar».

G.G.:
Vuelva a comunicarse con los mercados de bonos. Avíseles que los papeles del Tesoro prometen pagar en dólares. Tal vez les cambie el semblante.

P.: La versión ya fue desmentida por varios de los países aludidos.

G.G.:
Eso no la torna más creíble.

P.: ¿Piensa que existe la posibilidad de que se esté gestando una iniciativa así?

G.G.:
Sería muy engorrosa. Demasiado. Ese es el aspecto inverosímil. Pero no descarto que sea un ejercicio especulativo, «brain storming». Es indudable que la crisis sembró los fermentos de una voluntad de cambio.

P.: No es la primera vez que se propone cotizar el petróleo en una moneda distinta del dólar.

G.G.:
De acuerdo. Entiendo el interés que pueda tener Irán. Pero no me imagino el de Francia. O Japón.

P.: Los países que producen petróleo se asemejan más, no digo a un caso extremo como Irán, pero sí a Rusia o Venezuela, que a Francia o Japón.

G.G.:
De acuerdo. Pero, ¿cuál es la razón de su entusiasmo por aumentar los costos de transacción? No veo muy bien cuál sería la ganancia. Aunque si uno es un paria, o está inflamado de razones ideológicas, lo aceptará como un costo justificado a cambio de los réditos políticos.

P.: Se dice que, en la transición, se podría usar el oro como moneda de liquidación.

G.G.:
¿Despacharán un supertanque a puerto y, a la vuelta, regresará con los lingotes de oro en la bodega? Esta parte de la nota es breve pero es una de las mejores. Aunque me permito corregirlo, no dice que se usará el oro como moneda de liquidación: habría que crear todo un sistema de pagos base oro de la nada (cuentas corrientes, transferencias, etc.). Me imagino que se refiere al oro como moneda de cotización. Se fijaría el precio en oro y luego se liquidaría su equivalente en divisas.

P.: No parece tan tirado de los pelos.

G.G.:
Supone menos inconvenientes que la primera interpretación. Pero, ¿qué se ganaría? Vayamos al nudo de la cuestión, el precio real de equilibrio del petróleo crudo, su precio relativo, no depende de la moneda en que está expresado. Si lo que de veras se quiere es mudar el sistema monetario internacional, y rebajar el papel del dólar y darle cabida a otras divisas y al oro monetario, lo lógico es empezar por allí. Y no mudar primero el mercado del petróleo; después, el de los cereales; el del azúcar y así sucesivamente.

P.: China aparece como el impulsor de la iniciativa. Se lo define como el más entusiasta de los poderes financieros involucrados. Y luce como una de las fuentes de la noticia.

G.G.:
No lo sé y no lo discuto. Lo que sí sé es que China es un creciente comprador neto de crudo, y el principal tenedor de activos internacionales denominados en dólares. También acumula oro pero en una cifra que, en la comparación, es irrisoria. Ergo, no le sobra oro sino dólares. Y deberá comprar millones de barriles de petróleo. Y ahora, dice la nota, promueve que no se use el dólar para adquirir crudo.

P.: Es un intríngulis.

G.G.:
China siempre tiene una visión de largo plazo de la vida. En este caso, muy de largo plazo.

P.: Con todo, una cosa es cierta. El oro tomó empuje de la versión y atravesó lo que había sido un muro impasable.

G.G.:
Lo bueno del oro, en esta circunstancia, es su ubicuidad. Mal lo vería si sólo dependiera de la confirmación de esta noticia. No pase por alto el mensaje del G-7 del fin de semana sobre las monedas.

P.: Ventiló la idea de que estará dispuesto a intervenir si la declinación del dólar persiste.

G.G.:
Tal cual. El ministro japonés de finanzas lo dijo sin rodeos.

P.: El mercado no le prestó atención.

G.G.:
Así fue. Pero yo no lo echaría en saco roto. Pienso que, en definitiva, al oro le dará más alas la suba de tasas de interés en Australia. Es una señal contundente de que las cosas mejoraron allí, y por carácter transitivo en Asia, al punto de no temer una recaída, según el propio olfato de las autoridades. No se olvide que el verdadero negocio del oro, desde que comenzó su ascenso, fue el crecimiento de la economía internacional. No le sirve la anemia ni que la economía se recaliente (y los bancos centrales deban actuar). La temperatura ideal es el templado cálido, el punto caramelo en el que los inversores temen un desborde pero los banqueros centrales, no.

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