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Diálogos en Wall Street
ä El experto en mercados mundiales personificado como Gordon Gekko, de la película «Wall Street», considera clave que la reforma financiera en Estados Unidos tenga el sesgo del proyecto de Volker y opina que el mercado es alcista si sigue remando todo el mundo.
Gordon Gekko: El efecto enero es una regularidad estadística, no una ley de hierro. No es inexorable; puede fallar.
P.: Mala señal. Dicen los que saben que así como resultó enero será el resto del año.
G.G.: También puede fallar.
P.: Pero la duda ya está sembrada. Se huele el nerviosismo. Como si una trampa oculta acechara a la vuelta de la esquina.
G.G.: Qué peor enero que el del año pasado y, sin embargo, 2009 fue un año fantástico. Pero no se enderezó hasta que comenzó marzo.
P.: No hubo efecto enero. Y tampoco rally de Acción de Gracias. O rally de Navidad. Las fiestas resultaron poco propicias. ¿No es signo de creciente cansancio?
G.G.: No debería sorprenderse. Los mercados venían al galope desde marzo. Una suba del 70% -como la de Wall Street, por no citar a varias Bolsas que treparon mucho más- no es moco de pavo. Fatiga. Los últimos meses, se avanzó paso a paso.
P.: De hecho, la corrección que atravesamos, todavía modesta, borró de un plumazo todo lo que se había ganado desde noviembre.
G.G.: No tan modesta. Diría que se arrima al promedio si es que navegamos todavía un mercado alcista. Desde los máximos de principios de enero, el Dow Jones cayó casi un 7%.
P.: ¿Usted qué cree? ¿Es un mercado alcista o un formidable engaño, una pierna a la suba dentro de un mercado bajista secular?
G.G.: Creo que es un mercado alcista. Pero sólo si todo el mundo sigue remando.
P.: ¿Cómo fue que el optimismo con que empezó 2010 se transformó en un manojo de nervios?
G.G.: Despuntaron tres frentes de tormenta. Ninguno enteramente novedoso.
P.: Cuando Obama anunció, belicoso, su plan de reforma financiera según las líneas de la «regla Volcker», el quiebre del estado de ánimo fue evidente.
G.G.: Sí. Pero una semana antes ya había mostrado los dientes.
P.: Con el impuesto a los pasivos excedentes de los grandes bancos.
G.G.: Tal cual. La pérdida de la banca Kennedy en Massachusetts obligó a completar la jugada. Pero, en definitiva, nadie puede alegar sorpresa. Después de todo, la movida es un calco de lo que uno ya vio en Gran Bretaña.
P.: La inminencia de elecciones es el elemento unificador.
G.G.: Y el gran descontento de la población. El resentimiento hacia el sistema financiero es una tentación difícil de resistir para los políticos que necesitan levantar su imagen.
P.: El giro de Obama es populista. Pero Volcker es una persona seria. Su propuesta no es descabellada. Qué mejor que hacer populismo impulsando ideas sensatas.
G.G.: Es un populismo ilustrado. Coincido con usted que es una bendición que sea Volcker quien haya arrimado la herramienta con la que se propone ajustar a la banca. Y si bien Volcker ya no está para la función ejecutiva, será muy importante que permanezca en circulación a la manera de un «fiscal de obra», que pueda corregir los desvíos del programa.
P.: Hay que temer a quienes sean más papistas que el Papa.
G.G.: La reforma de la regulación financiera ya estaba en curso antes que Obama se arropara en ella como bandera. Y llueven las iniciativas de todo tenor. Debe sancionarla un Congreso en el que los demócratas perdieron la supermayoría del Senado, y que está en plena ebullición.
P.: Será un caldo espeso, de prolongada cocción.
G.G.: Un caldo de gallina en el Congreso no necesariamente lleva gallina. Tendrá que controlar el proceso muy de cerca. Y evitar que le agreguen demasiado pescado.
P.: La incertidumbre sobre el resultado final es grande.
G.G.: Así es. Y Obama -o los demócratas- no tienen convicciones firmes. El espaldarazo a Volcker fue muy contundente, pero es un giro completo que no tiene más de tres semanas de antigüedad. Mire la propuesta demócrata que fue aprobada por Diputados y la que impulsan sus correligionarios en el Senado y no podrá creer las diferencias de criterio. Ojalá le toque a Volcker definir un mensaje uniforme. Consistente.
P.: La reforma financiera es un tren en el que se subieron el Gobierno y sus partidarios, pero no saben muy bien en qué estación bajarse.
G.G.: Tome un capítulo concreto. Una idea clave del Tesoro era que la Fed jugara un papel central como regulador y supervisor. Cuando se mira el proyecto oficialista que empuja Chris Dodd en el Senado, no es así. Todo lo contrario. A la par, la creatividad no tiene límites. Volcker propuso limitar a la banca prohibiéndole ejercer ciertas actividades para que no haya bancos demasiado grandes para caer. El diputado demócrata John Dingell, de Michigan, la semana pasada, propuso una ley para que sea el Gobierno, a su arbitrio, quien pueda desmembrar a los grandes bancos.
P.: Una iniciativa personal. ¿Cuánto arraigo o respaldo posee?
G.G.: Supongo que poco y nada. Pero es una señal de la actual falta liderazgo. Ojalá que Volcker provea la brújula.
P.: No sólo la política perturba. También, como sabe, Grecia genera pesadillas. Sobre todo en la vieja periferia mediterránea.
G.G.: Tal cual. Diría que Grecia sacude a todo el mercado de bonos de grado de inversión. Soberano y corporativo. Y es una espina indigesta para la autoestima del euro.
P.: La Unión Europea promovió un ajuste ejemplar para Grecia subrayando que, caso contrario, no habría un rescate de la Comunidad. Y ahora si la cosa no pasa a mayores es, precisamente, porque se piensa que, a la hora de la verdad, no se lo dejará caer.
G.G.: Es difícil pensar otra cosa. Y cuanto antes se cancele la telenovela, mejor. Es muy fácil imaginar complicaciones. Piense qué pasaría si hubiese una corrida de los depósitos.
P.: Por último, queda China. Ya está claro que comienza a retirar sus medidas de estímulo. Y no se sabe cuánto afectará. Pero las materias primas pusieron sus barbas en remojo.
G.G.: Por fortuna, China es cualquier cosa menos un jugador atropellado. Va en la dirección de un repliegue pero a una velocidad que, para el gusto occidental, es de lento caracol. Por primera vez, sin embargo, no los criticarán por su parsimonia.


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