4 de febrero 2010 - 00:00

Diálogos en Wall Street

El periodista dialoga con el especialista en mercados mundiales que se escuda bajo el personaje de Gordon Gekko de la película «Wall Street» (Oliver Stone presentó los avances de la segunda parte del filme bajo el nombre «El dinero nunca duerme»), que considera que Grecia está más cerca del ajuste que del default.

Periodista: El tembladeral griego ya es todo un culebrón. El primer ministro Papandreu señala que su país es víctima de un ataque especulativo sin precedentes.

Gordon Gekko:
Todo el mundo conoce de sobra los antecedentes. La mecánica es la de siempre -la que vimos, diez años atrás, en América Latina o en Asia-, lo único que cambia es el blanco.

P.: Papandreu no piensa ahogarse solo. Advierte que España y Portugal serán los próximos objetivos de la crisis.

G.G.:
No hay mejor defensa que un buen ataque. Pero, cuando uno ya está en el ojo del huracán, no alcanza.

P.: En Madrid, el énfasis reside en remarcar que «España no es Grecia».

G.G.:
Ese argumento, con otros nombres, ¿no lo escuchamos antes?

P.: Ello no quita que sea valedero.

G.G.:
Seguro. Pero lo que importa es que sea eficaz. Piense en la crisis como un alud. Nada impide, a su paso, que arrastre gente muy distinta entre sí. La clave no está en parecerse o no, sino en quitarse rápido del camino.

P.: Y España y Portugal están en el mismo sendero que Grecia.

G.G.:
Sí, aunque a cierta distancia. Pero tiene razón Papandreu. Si la crisis derriba a Grecia, tomará fuerzas, y el aluvión se abalanzará hacia ellos. La crisis no es griega solamente, es de la Eurozona.

P.: Grecia debiera oficiar de dique de contención.

G.G.:
No se discute. Lo que no está claro es su verdadero papel: si la pared interna del dique o la de afuera. No se olvide que la mecha del episodio de diciembre la encendió la propia Unión Europea.

P.: ¿El momento no fue casual? ¿Ni consecuencia del escozor que provocó Dubái?

G.G.:
Yo diría que la manipulación de las estadísticas fiscales de Grecia fue la gota que colmó el vaso. Alemania, secundada por Francia, forzó la reprimenda. Y ahora exige un viraje rotundo hacia la austeridad que impone el Tratado de Maastricht.

P.: Grecia no es el único país que se apartó de las metas.

G.G.:
El sayo le cabe a varios. Pero Grecia es el único miembro del área, que se sepa, que violó olímpicamente tanto la letra como el espíritu de Maastricht. No se olvide que los alemanes inventaron las cláusulas restrictivas para frenar, originalmente, la incorporación de un país indisciplinado y adicto al endeudamiento público como Italia.

P.: A la postre la unión monetaria resultó un club nada selecto. Con un gran número de plebeyos en sus filas.

G.G.:
De ahí, la reacción. Es un intento brusco por corregir el rumbo fiscal, por evitar que el proceso se desvirtúe, y las cuentas públicas se vayan definitivamente de las manos.

P.: Quiere decir que el cimbronazo de Grecia hace las veces de una lección.

G.G.:
Qué duda cabe.

P.: De ahí, la insistencia por señalar que no habrá rescates. Que la propia unión monetaria tiene una cláusula que los prohíbe.

G.G.:
O Grecia se amolda a las reglas o Maastricht se convierte en un papel inservible. Ésa era la idea del dilema. Para que Grecia entre en cabales, se pensó, hay que quitarle la red de seguridad de un salvamento de la Comunidad. Y ese lenguaje, inusualmente duro, encendió la mecha de la desconfianza en diciembre. Fueron las palabras de Trichet, de Juncker, de Starck. Fueron varios personeros de alto nivel los que negaron rotundamente cualquier alternativa de auxilio. Y, a la par, exigieron de Atenas un fuerte ajuste fiscal, sin maquillaje.

P.: Quizás se pensaba que la turbulencia no pasaría a mayores. Pero la crisis de diciembre casi no concedió tregua. Y las tasas largas que paga el soberano griego treparon más de 150 puntos base. Fugazmente, excedieron el 7%. La brecha con respecto a los bonos alemanes se empinó más allá, holgadamente, de los 3 puntos completos de tasa.

G.G.:
Se buscaba encarrilar a Grecia y a otros países de la periferia de la Unión Europea. Ese objetivo gana terreno. Mire España. Se cura en salud. Ya anunció un recorte del déficit y una reforma previsional que subirá en dos años la edad del retiro jubilatorio. Sin el sacudón griego, no hubiera ocurrido.

P.: Uno puede preguntarse si éste es el momento de darle prioridad a esa agenda.

G.G.:
Yo creo que no. Pero alemanes y franceses pensaron que sí. Y, póngase en sus zapatos, la rebeldía de Grecia es una preocupación comprensible.

P.: ¿Cuál será el saldo de estas escaramuzas? ¿Cree que Grecia puede llegar a no pagar la deuda?

G.G.:
Le repito lo que le dije en diciembre. Grecia está más cerca del ajuste que del incumplimiento.

P.: Usted creía que, llegado el caso, iba a tener que acudir a un programa del Fondo Monetario Internacional.

G.G.:
Fue la solución adoptada para los países de Europa del Este. Tampoco allí hubo una reestructuración de sus obligaciones, sino un plan de ajuste convencional del FMI, del que también participó la Unión Europea aportando recursos.

P.: El Fondo ha dicho que está preparado para involucrarse. Lo admitió, John Li-psky, su economista jefe. Pero no parece que la Unión Europea quiera delegar en terceros el tratamiento de uno de sus miembros.

G.G.:
Será, entonces, la propia Unión Europea la que se ocupe. No es la mejor alternativa. Cuando la gente proteste, no lo hará contra el FMI. Cuestionará la integración europea.

P.: A diferencia de un plan convencional del Fondo, los países de la Eurozona no pueden echar mano a una devaluación. En ese marco, el ajuste puede resultar muy penoso y prolongado. Y, a juzgar por Gran Bretaña en los años 20, o la Argentina de 2001, sin garantía de éxito.

G.G.:
Dependerá mucho de cómo se comporten los mercados de capitales. De cuán severo sea el asedio. Pero, para empezar, marchamos a una Europa de dos velocidades. Alemania y Francia, en recuperación.

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