9 de noviembre 2011 - 00:00

Diálogos en Wall Street

Europa es un volcán que lejos de calmarse tras las cumbres de fines de octubre, entró en ebullición y no logra detenerse. Su lava se vierte ahora en el terreno de la política interna de los países en dificultades. Ya cayó el Gobierno griego. Y Berlusconi prometió su renuncia, pero no se irá hasta que le aprueben el presupuesto con las reformas que exige Bruselas. Inestabilidad «teledirigida», que para el experto en mercados internacionales que se refugia bajo la máscara de Gordon Gekko supone un riesgo gravísimo.

Periodista: La crisis europea viró de lleno al terreno de la política.

Gordon Gekko:
Así es. De hecho vivimos en una situación de cumbre permanente. Termina una, comienza la otra.

P.: Una cosa es lidiar con Grecia. Otra peor es tener que contener una embestida contra Italia. La rebeldía de Papandréu agravó la situación de Atenas. ¿También Berlusconi es parte del problema?

G.G.:
Estamos asistiendo a un giro importante. Es inédito: los blancos del ajuste se han personalizado. La traición de Papandréu bien pudo ser la gota que rebalsó la copa. Pero en Bruselas, la semana anterior, la dupla Merkel-Sarkozy le había pasado una aplanadora de exigencias no sólo a él, sino también a Berlusconi.

P.: No es la primera vez que la crisis se cobra un Gobierno. Pasó en Irlanda. Y también en Portugal.

G.G.:
Esto es más virulento. Ya no se trata del mero decurso de la política interna.

P.: La presión viene de afuera.

G.G.:
Sin ambages. Teledirigida. Con nombre y apellido. Ya no se usa el descalificativo generalizado. Recordará el latiguillo de que «los griegos no trabajan y se jubilan antes que nadie» (dicho sea de paso, ambos estereotipos son falsos si uno hurga en la base de datos de la OCDE). Ahora el «problema» es el señor Papandréu que no es confiable. O «Il Cavaliere» Berlusconi que no cumple. Firma los compromisos porque no tiene alternativa, pero, parece saberse de antemano, no los va a respetar.

P.: Es desagradable pero no deja de ser verosímil.

G.G.:
Quizás sea la realidad. Sin embargo, promover el recambio desde Berlín no va a ser la solución. Es una locura. Y debería resultar inadmisible.

P.: ¿Cree que la presión que ejercen Alemania y los países que prestan el dinero se pasó de la raya? ¿Piensa que se está jugando con fuego?

G.G.:
En Bruselas, Papandréu dijo a todo que sí y cuando regresó a Atenas lanzó la piedra del referendo. ¿Qué hubiera hecho otro en su lugar? ¿El problema es el volátil Papandréu? ¿O el hecho de que Grecia no tiene mucho que ganar bajo el paraguas del plan europeo? Si Grecia prioriza su interés nacional, y no la unidad europea, debería abandonar el euro.

P.: Ni Papandréu se atrevió a plantearlo así.

G.G.:
No lo digo yo. Lo sostiene Hans Werner Sinn, presidente del Instituto IFO, uno de los principales centros alemanes de estudios económicos; un conservador y no un tirabombas. El propio Papandréu no se animó a decirlo. Sólo expresó, a su manera, oblicua y criticable, la convicción de que para Grecia lo que él firmó no era un buen acuerdo. Y tiene razón.

P.: Se afirma, ya sin empacho, que fue un error incorporar a Grecia a la unión monetaria. Y se agrega sin cortapisas -lo subrayó el ministro alemán de Economía- que Grecia debe aprobar las reformas económicas o emigrar del euro.

G.G.:
Si lo que se pretende es encauzar la crisis son palabras que están de más en boca de altos funcionarios. Mire, la unión monetaria tiene diecisiete países miembros. Pero sólo uno (o, a lo sumo, dos) son los que hacen las reglas.

P.: Alemania.

G.G.: Y Francia, que Berlín necesita que salga en las fotos. Alemania hizo las reglas que permitieron el acceso de Grecia.

P.: No sé si habrá hecho la norma; pero sí hizo la vista gorda.

G.G.:
Bueno, ahora formula las reglas del ajuste y las reformas. Se equivocó entonces y, en mi opinión, también se equivoca ahora. Y ese error es el que coloca a Europa en una posición de indefensión que pareciera no tener salida. En tal sentido, la muy pulcra Angela Merkel es mucho más perniciosa que Papandréu o Berlusconi. Lejos.

P.: ¿No exagera?

G.G.:
Ni un ápice. Hay que lograr que se produzca una corrida furibunda sobre la deuda de un país que tiene superávit primario.

P.: Se refiere a Italia.

G.G.:
Sí. En un mundo en el que EE.UU. o Gran Bretaña ostentan desequilibrios que orillan los dos dígitos sin que el mercado en ningún momento cuestione su capacidad de pago.

P.: Berlusconi no pudo resistir el embate.

G.G.:
Mire que sobrevivió a unos cincuenta votos de confianza.

P.: Pero nunca la deuda italiana se meció tan cerca del abismo.

G.G.:
En rigor, lo apretaron de todos los costados. Los parlamentarios que lo abandonaron, su ministro de finanzas que lo acusó de ser el verdadero problema del país, los mercados que se ensañaron con la deuda (los bonos a treinta años superaron el 7%), el insidioso fuego de artillería que le disparó Bruselas.

P.: No pudo soportarlo.

G.G.:
Es un hombre habituado, en la política interna, a sacar conejos de la galera en el último minuto.

P.: ¿Piensa que lo intentará de nuevo? Prometió la renuncia, ¿cree que tratará de maniobrar y quedarse?

G.G.:
La situación se tornará insostenible. Y su cabeza será la promesa de un alivio inmediato. Piénselo bien: en la pulseada contra Merkel y Sarkozy no tuvo chances. Berlusconi necesitaba el muro cortafuegos, el compromiso en firme del BCE como sostén de la deuda italiana. Son decisiones que tienen que tomar sus adversarios. Y no están listos. Y no lo iban a estar para que él les sacara provecho.

P.: ¿Piensa que el trato que reciba Italia podría ser mejor con un Gobierno distinto?

G.G.:
Ese pensamiento flota tácito en el aire. ¿Italia está como está por Berlusconi? Si lo dice el ministro Tremonti, un hombre razonable, ¿cómo no creerlo? Aunque probablemente, a la larga, se revele un error. Un ajuste deflacionario no tiene muchas chances de éxito aunque lo implemente un técnico brillante. Y menos que menos si no se frena la corrida contra los bonos de la Tesorería. Y en ese tópico tallan más quiénes están en Berlín y Fráncfort que las autoridades de Roma.

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