Drama bien actuado y casi sin clichés

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«El solista» (The Soloist, EE.UU., 2009, habl. en inglés). Dir.:J. Wright. Int.: R. Downey jr, J. Foxx, C. Keener, T. Hollander, L. Gay Hamilton.

En medio de una crisis personal, un periodista se topa con un músico callejero que podría esconder auténtico talento detrás de sus obvios problemas mentales y lo convierte en el centro de sus columnas para un diario de Los Angeles. A partir de ese momento, al músico marginal se le abre todo un mundo de posibilidades que podría aprovechar si estuviera en sus cabales, mientras que para el periodista la hipotética buena acción se va convirtiendo en una obsesiva relación pesadillesca de la que no se puede despegar.

Basada en una historia real, «El solista» es un áspero drama psicológico que si bien en general elude los más obvios clichés hollywoodenses, al momento de resolver los conflictos que plantea finalmente no intenta elevarse ni una pizca más allá de los límites de lo políticamente correcto.

Todo se sostiene por las actuaciones de sus dos protagonistas. Especialmente la de Robert Downey jr como el periodista al que compone con todo su talento logrando algunas escenas brillantes que casi justifican por sí solas toda la película. Esto a pesar de que, en algunos momentos, el guión parece exigirle cierta contención a su personaje, el periodista Steve Lopez, autor del libro en el que se basa el film.

En cambio, Jamie Foxx se regodea en todos los tics del típico candidato al Oscar al mejor actor en un rol esquizoide. Por suerte, del mismo modo que el guión modera al personaje de Downey jr, también impide que Foxx sobreactúe al punto de arruinar del todo la película. Apenas arruina un par de escenas, pero también se luce en unos flashbacks sobre los desequilibrios que frustraron sus estudios de cello en Juilliard.

Pese a las bonitas tomas aéreas de autopistas con palomas quizás arrebatadas por el talento del solista, el director logra algunas interesantes visiones subjetivas del desquicio de su mente enferma y atormentada, a veces acompañadas por perturbadores diseños sonoros de su percepcion de la música de Beethoven que le fascina.

El desenlace es amargo y verosímil. Igual, por las dudas, el epílogo observa que en la ciudad de Los Angeles los homeless, talentosos o no, se cuentan por miles.

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