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El Bush que no miramos (según Oliver Stone)
Un momento de relax canino: Josh Brolin, como George W. Bush, en «W.», de Oliver Stone.
Pero, también afortunadamente, «W.» se propone no sólo una historia de amor sino el retrato integral de un hombre acomplejado, vanidoso, sufrido y sobre todo inseguro, al que los muchas veces insondables mecanismos del sistema democrático convirtieron durante dos períodos consecutivos en el presidente de los Estados Unidos.
Stone filma sin ironía (matiz al que, por otro lado, su poco sutil cámara jamás llegó): de los tres presidentes cuya vida ya llevó a la pantalla (Kennedy y Nixon fueron los otros), su Bush, que encarna verosímilmente Josh Brolin, es lo más parecido a su cine: prepotente, frontal, con escasos matices. Sería inútil evaluar si la película es «pro» o «contra», ya que una intención así nunca formó parte de sus propósitos. Quizá no se descubra tampoco la auténtica intención, pero aquella no fue.
El guión recorre algunos de los hitos en la vida de un hombre que, de no haber pertenecido a una familia de políticos y de no haber quedado comprometido, a instancias de su padre, en el engranaje electoral, no se distinguiría de la de millones de otros hombres anónimos y oscuros. Que ese hombre, en crisis con la bebida, la religión, y en conflicto perpetuo con su padre y su hermano Jeb, el favorito de la familia, haya llegado adonde llegó, es un misterio que el film no sólo evita tratar de responder sino que profundiza.
A fuerza de exhibir a «W.» es sus facetas más privadas (Stone hasta llega a mostrarlo sentado al inodoro mientras discute con Laura, y luego higienizándose dudosamente), la película corre el riesgo de la sobreexposición íntima, psicologista y, en consecuencia, de la simplificación política.
Es verdad que al director le atrae mucho más el Bush que no miramos que el líder Occidental menos carismático de las últimas décadas, pero de allí a quedar a un paso de sugerir que la invasión a Irak y el posterior derrocamiento de Sadam Husein (cuya estatua que cae Bush observa por TV con el regocijo de un triunfo de su equipo en el Superbowl) tuvo, como motivación, una venganza contra su padre, que no se atrevió a llegar hasta el dictador en la operación Tormenta del Desierto, parece excesivo.
Acentúa también Stone las inseguridades de mando del futuro ex presidente en las reuniones de gabinete, en especial en las confrontaciones con el vice Dick Cheney (buena caracterización de Richard Dreyfuss), además de las varias confrontaciones --dignas de diván-- con su padre (James Cronwell, especializado en encarnar presidentes y reyes en el cine), a quien llama sumisamente «poppy». No se priva tampoco el guión de escenas oníricas, como el Bush padre íncubo que ocupa el Salón Oval cuando no le corresponde, o de ensoñaciones de poder en un desierto estadio de golf.
Por lo demás, la película es una rendición casi didáctica de los «entresijos del poder», en la que el lápiz de Stone remarca varios de los tópicos conocidos o rumoreados sobre la gestión bushista, como sus furcios al responderle a la prensa o, en otro plano, el interés de la Casa Blanca en el petróleo iraquí. Es decir, un Stone puro y grueso, como casi siempre.


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