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El cine que se asfixió tras el Muro
Ralf Schenk: «Un director alemán que huyó de la RDA hizo en la Argentina uno de los primeros intentos de cine en color en 1952, ‘El gaucho y el diablo’».
P.: Se escapó.
R.S.: No, se quedó en su casa, porque siempre vivió en Berlín Occidental. Antes del Muro, la gente cruzaba todos los días rumbo al trabajo. Mucho personal de la Defa era occidental. Pero en 1961 se cerraron las fronteras. Ahí empezó una nueva generación, solo oriental, de técnicos y autores. Lo singular es que muchos, incluso funcionarios, creyeron la propaganda oficial, que el Muro se hacía para poder construir el socialismo sin interferencias. Y cuando los rusos reemplazaron a Nikita Kruschev por el estalinista Brezhnev, las cosas cambiaron. En 1965, el director de Planeamiento Económico de la RDA se suicidó en su despacho, porque no sabía cómo producir todo lo que la URSS exigía. Justo había una conferencia económica del Partido. Y como éste no sabía qué decir, de un día para otro la convirtió en conferencia cultural. Tema: los artistas tienen la culpa. Cayeron en desgracia, entre otros, Frank Beyer y su film «Huella de piedras», por «hostil al Partido y al Estado». Recién volvió a verse en 1989 (en el ciclo se verá mañana).
P.: ¿Nadie lo defendió?
R.S.: Hoy sabemos que Konrad Wolf abogó por él y otros colegas. Wolf, judeo-comunista criado en la URSS, fue teniente del Ejército Rojo durante la guerra, experiencia que cuenta con sentido crítico en «Yo tenía 19 años» (se verá el domingo), y quería sinceramente cambiar las cosas desde adentro. Sus obras, como «El cielo dividido», «Mamá, estoy vivo», y «El hombre desnudo en el campo de deportes» tocaron el límite de lo autorizado. Lo toleraban solo porque era hijo de un famoso escritor, hermano del vicedirector de la Stasi, y presidente de la Academia de Artes. Pero la lucha lo fue consumiendo por dentro, y murió de cáncer a los 57.
P.: Tendría al menos la admiración de los demás autores, porque era un autor de estilo notable.
R.S.: Al contrario, sus obras, en sintonía con las de Alain Resnais, y las de Frank Beyer, como «Desnudo entre lobos» y «Jakob el mentiroso», fueron desdeñadas por los autores jóvenes, que impulsaban un cine seco, «ajeno al artificio», que mostrara la vida cotidiana en sus detalles ínfimos Esa corriente se impuso, y ellos quedaron un poco al margen. Ahora, que terminó todo, podemos apreciar mejor sus esfuerzos.
P.: ¿Cree que la remake norteamericana de «Jakob el mentiroso», con Robin Williams, haya acelerado la muerte de Beyer?
R.S.: Lo que sé es que en público jamás dijo nada a favor ni en contra, pero entre amigos proclamaba que la suya era muchísimo mejor. Y tenía razón.
Entrevista de Paraná Sendrós

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