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El dedo en una llaga silenciada
La rigurosa documentalista Valeria Mapelman pone por primera vez ante una cámara a los sobrevivientes de una inexplicable matanza de indígenas en el paraje La Bomba, cerca de Las Lomitas.
Han pasado ya más de 60 años, y algunas cosas comienzan a decirse. El primer gobierno peronista tuvo también sus actos de represión. Y el trato a los indios, si bien cambió muchas cosas para bien, tuvo sin embargo su lado oscuro. Lo del Malón de la Paz, por ejemplo. O la masacre que acá se describe, iniciada el 10 de octubre de 1947 en el paraje La Bomba, cerca de Las Lomitas, donde ya estaba instalado el regimiento 18 de Gendarmería Nacional.
Cuentan los ancianos, por primera vez ante una cámara, que todo aquello nació de una confusión. Cerca de 2.000 indios se habían juntado allí para una fiesta religiosa, al parecer alentados por una prédica entonces nueva para ellos, la pentecostal, que auguraba curaciones y permitía el sincretismo de lo cristiano y lo pagano. Se ignora exactamente por qué, pero fueron conminados a dispersarse, y casi al rato empezaron a ser ametrallados. Peor aún, durante varios días fueron perseguidos en su huida, incluso ametrallados desde un avión. Cayeron cientos. No hubo piedad para viejos, mujeres o niños. Algunos agonizaron allí durante días. Luego simplemente se informó que hubo que actuar frente a los preparativos de un malón (¡en 1947!). Más tarde se informó que no había pasado nada de importancia. Sólo «El tribuno» de Salta, diario opositor, mandó un corresponsal, y éste halló restos calcinados. Después hubo cosas «más importantes» de las que ocuparse.
Podrá decirse que esto es un mito inventado o exagerado por indigenistas actuales, una mala traducción de relatos orales, lo que sea. Pero cuando la cámara sigue el trabajo del forense en los lugares señalados por los ancianos, y la tierra descubre sus secretos, bueno, ahí ya hay que callarse y escuchar todo lo que dicen esos viejitos, porque evidentemente es todo cierto.
Ese es el trabajo de Valeria Mapelman, una rubia con la dedicación que pocos tienen para andar por esos montes secos donde están arrumbados los pobres indios, la delicadeza de escucharlos con seriedad, y la inteligencia de difundir sus testimonios con el mayor respeto y compromiso. Ella registra muy bien la historia oral, y pone el dedo en la llaga. Anduvo además por los archivos de los ministerios del Interior y de Economía, y el Archivo General de la Nación, corroborando algunas cosas. No pudo hacerlo en los archivos formoseños. Ahí le dijeron que no hay nada, y punto, a buscar a otro lado. Algún historiador deberá rastrear en la propia Gendarmería, ubicar nombres concretos, tal vez alguien que todavía viva y se atreva a dar su versión de los hechos. Una pena, que generalmente en los documentales sólo hablen las víctimas y no los acusados. No sabemos si aparecerá alguno, ahora que, desde el 2006, un juez federal está atendiendo una demanda de la tribu contra el Estado Nacional, por crímenes de lesa humanidad. Y una ironía perversa, que tamaña barbarie se haya cometido mientras el resto del país celebraba el Día de la Raza Americana, que es la denominación completa, unitiva y conciliatoria que la fecha del 12 tiene, o tenía, en estas tierras de rico mestizaje.
P.S.


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