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“El desamparo femenino es común a toda generación”
Elvira Lindo: «En esta novela yo quise contar la verdadera intimidad de una mujer. Cuando me refiero a intimidad verdadera, no es exactamente lo sexual, sino a lo que realmente siente».
La española Elvira Lindo ha sido locutora, actriz, guionista de cine y televisión, se hizo popular con el personaje Manolito Gafotas, que se convirtió en un clásico de la literatura infantil, género en el que ha publicado cerca de 20 libros. En la narrativa para adultos lleva escritas 4 novelas, 2 obras teatrales, 9 guiones cinematográficos y 5 libros que reúnen sus sagaces y sarcásticas crónicas periodísticas. Casada con el escritor y académico Antonio Muñoz Molina, desde que éste fue nombrado director del Instituto Cervantes en Nueva York, residen allí.
En su breve visita a Buenos Aires para presentar «Lo que me queda por vivir», que ya lleva vendidos más de cien mil ejemplares en España. dialogamos con ella.
Periodista: ¿Por qué buscó volver 30 años atrás, al Madrid de los años 80, para contar la historia de una mujer?
Elvira Lindo: Me pareció pisar un terreno conocido. Es ese tipo de pasado ideal para un escritor en el sentido de que puede acordarse muy bien de cómo era la vida y saber cuánto ha cambiado. Creo que 30 años es la distancia ideal para volver la vista atrás. Se tiene el haber sido testigo.
P.: ¿En qué medida el personaje de Antonia, esa mujer de 26 años con un chico de 4 ,que se siente sola en ese Madrid de «la movida», tiene que ver con usted, dado que desde el título ofrece la idea de que va a hablar de algo personal?
E.L.: Mi vida acaso sea una materia prima, lo que pasa es que está completamente novelada porque, como se puede imaginar, yo he cambiado, he modificado cosas, por tanto no puede certificar que lo que le ocurre a Antonia sea cierto en mí. Además, si hubiera querido contar mi vida hubiera escrito unas memorias. Lo que ocurre es que la ficción, aun cambiando muchísimas cosas, haciendo que no sea un espejo de mi vida, precisamente por esa libertad que ofrece, su resultado es acaso más certero que si escribiera un libro de memorias. Y eso a pesar de todos los cambios, de los personajes inventados, hay algo profundamente verdadero.
P.: ¿Qué cuenta en «Lo que me queda por vivir»?
E.L.: Yo quise contar la intimidad verdadera de una mujer. Cuando me refiero a intimidad verdadera no es exactamente la sexual, parece que siempre que se habla de intimidad se habla de sexo, sino de lo que realmente siente, piensa, anhela una mujer que está en un momento de su vida muy desamparada, y en un proceso de maduración, acompañada de un niño que a su vez la protege de las cosas de la vida. Son dos personajes fundamentales. Antonia es la protagonista, pero el niño también tiene un papel relevante en la novela. Uno se pasa la vida buscando cazar buenas historias, buenos personajes, y a veces los tiene muy a mano.
P.: El tema de «Lo que me queda por vivir», madre joven, divorciada, con hijo pequeño, era algo común en la generación de 30 o 40 años atrás, y no tanto en la actualidad. ¿Qué piensa que le sucede a un lector joven con su libro?
E.L.: Creo que el desamparo femenino es común a todas las generaciones. No creo que «Lo que me queda por vivir» sea una novela generacional. Lo es sólo en la medida en que la historia está situada en una época y en Madrid, pero perfectamente podría estar situada en Buenos Aires. Antonia, en medio de la confusión que se le impone en un momento en la vida, está buscando su dignidad, su forma de ser, lograr ser una persona sólida, y eso el algo común. Es curioso porque algunos lectores jóvenes que me han escrito se ven en la posición del niño, y recuerdan la relación con su madre, con su padre. En mi caso, como le ocurre a muchos, leo para entender mi diferencia con otros seres humanos, para saber de otros, para identificarme o no, para vivir otras vidas, conocer otros sitios, entrar en ese mundo durante el tiempo que me lleva esa historia. Leer en mi novela cómo era una boda civil, en las primeras bodas civiles que se hacían en los 0, en tiempos de la transición, es un poco entender el país. Y no sé si a la juventud española actual le explicaron cuánto ha cambiado el país en poco tiempo.
P.: Y usted lo hace usando el humor, ¿eso le surge al escribir o lo planea y trabaja aparte?
E.L.: El humor se puede trabajar, convertirlo en oficio. Está muy bien trabajar el humor, tiene de labor intelectual. En una novela no puede ser algo improvisado. Pero hay algo que es orgánico, con lo que uno nace y que se puede tener o no, o de lo que uno puede no estar muy satisfecho, porque uno no elige su forma de ser. Un actor no elige tener vis cómica, y acaso hubiera preferido ser un actor dramático. Pero es así, es algo que va con uno. En mi caso no es una elección, hubo un momento de mi vida en que me di cuenta de esa parte de mi personalidad y la exploté, la utilicé para mi trabajo, pero no era aquello de lo me sentía más satisfecha, para nada. Aunque hay momentos en que escribiendo me divierto mucho con lo que les sucede o lo que dicen los personajes, e intuyo que, si a mí me hace gracia, le va a hacer gracia al lector. Siento que soy capaz de entender mi relación con el lector. Hay escritores que se ven en una especie de isla, se recluyen, que consideran que no los influyen los lectores, no es mi caso. Un ejemplo es que plantearme un momento de humor me exige una gran concentración, y allí estoy siendo escritora y lectora al mismo tiempo, para que lo que cuento se entienda en su humor debo lograr empatía con el público. El humor no es algo solitario, es algo que se trabaja para ofrecérselo a otro, el humor busca un público.
P.: ¿Qué siente que, como Antonia, le debe a su hijo?
E.L.: Mucho. Crecí acusándome continuamente de lo que le debía a mis padres, y luego he madurado pensando en lo que debo a mi hijo, y a los hijos de Antonio Muñoz Molina. Fue algo de mi generación el acelerar un proceso de maduración que estaba muy parado. Y madurar está muy bien.
P.: Usted acaba de nombrar a Antonio Muñoz Molina, su marido, ¿Cómo es la convivencia en una pareja formada por escritores exitosos y de prestigio? ¿Hay rivalidades o complicidades?
E.L.: En el día a día todo es simple. En el fondo aunque seamos muy diferentes, y más de cara a los demás, nos parecemos mucho. Tenemos una vida muy privada. No somos de frecuentar círculos literarios. Hablamos mucho de libros, pero no en los términos antipáticos de la jerga académica. Hablamos de personajes, de historias, de temas, pero también de otras muchas cosas que nos gustan, de música, películas, casas, de calles, de Buenos Aires, de Madrid o de Nueva York. Nuestra relación es sobre todo sentimental. Pensar qué me aporta literariamente mi pareja me resulta muy difícil porque por delante, por encima de todo, está que es la persona a la que quiero.
P.: ¿No hablan de sus obras?
E.L.: Sí, claro. A mí me gusta que lea el libro cuando lo he terminado, en cambio a Antonio le gusta que vaya leyendo lo que va escribiendo. Cada uno tiene sus manías. A veces nos consultamos sobre argumentos, sobre atascos que se tienen y no se sabe por dónde salir, charlar sobre algo que nos resulta narrativamente interesante.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
E.L.: Un libro de paseos por Nueva York. Habiendo escrito muchísimas crónicas sobre Nueva York en periódicos, he recibido cantidad de cartas y mensajes que me preguntaban si las iba a recoger en un libro, y luego, como establezco mucha complicidad con el lector, hay gente que me pregunta si le puedo recomendar un hotel o algo que debe visitar. Pero como ahora dejamos el Nueva York turístico, y vivimos en el Uper West Side, que es muy Manhattan pero un barrio de verdad, voy a contar cómo es allí mi vida. Por eso el libro se va a llamar «Lugares que no quiero compartir con nadie». Tengo en proceso una novela que será más de comedia, luego del desafío que fue escribir una donde me vi tan involucrada.
Entrevista de Máximo Soto


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